CARTA A UN AMIGO VIAJERO QUE VISITA TRUJILLO


Llegas, amigo viajero, a una de las ciudades más hermosas  de Europa que se abre en la historia entre claustros y palacios. Profunda y alta. Trujillo te acoge desde su plataforma rocosa, circundada por las aguas de los ríos y arroyos. Medieval en su parte alta, busca el cielo extremeño en una contemplación de siglos. La ciudad es cortesana y guerrera. Rezuma de leyendas pragmáticas y acontecimientos trascendentales. Gobernaron desde este trono de piedra los católicos monarcas y todavía cuadriculan sus patios, salones y murallas.
Perderse por sus viejas callejuelas equivale a descubrir un muestrario de épocas y estilos. Porque muchos son los edificios que se pueden visitar. Trujillo ofrece un gran número de posibilidades al turista, pero sin duda, la más singular, por su variedad es la infinidad de rincones donde disfrutar de la hospitalidad.
En una de las plazoletas más bellas y evocadoras de antañas leyendas se ubica la cisterciense iglesia de Santa María “La mayor”, se alza la majestuosa torre Julia, los conventos de Santa María aún se conserva el encanto del compás, con su portal donde está el torno y la puerta de la clausura reglar con su tejaroz y el otrora antiguo Convento de San Francisco el Real de la puerta de Coria. Tal es la antigüedad de este Convento, tan codiciado por reyes y nobles, donde habrían de firmarse privilegios, sentencias y donaciones. Para llegar a él, una recoleta calle con tono de pasaje, al rendirse en otra que sigue camino, en la derecha tropieza con un esquinero en cuyo agudo perfil se monta un rústico farol que promete mucha luz, pone su aspiración, y no es poco, en que durante las noches las sombras suavicen su rigor tomándose en penumbras, lugares de encuentros entre don Gonzalo Pizarro y la barragana Francisca.
De vez en cuando, el viajero que llegue a la plazuela de los Descalzos, una vez que haya bajado por la calle Gargüera, en razón de sus ciclos, en fases disminuidas y prisas de su andar, la luna pasa por la calle y la lisonjea con sus rayos de luz blanca, el encantamiento se supera. Esto ocurre en las calles de negativa conformación geométrica que permiten el acceso a la zona monumental. Entre cuyos muros, bien pertrechados de riquezas, vivieron monjas, caballeros y damas de alcurnia, y algún que otro infanzón como Francisco de Orellana. Un edificio cercano, brindando su propia personalidad, conservando el tipismo se esconde en una callejita, es la Casa de los Escobar, profesionalizada por una magnífica fachada. Cercana a esta casa fuerte, está el Hospital y la Alberca con sus misterios originarios.
Esta es ciudad de hondos soportales, de balcones, de casas solariegas. Bajo los soportales de la Plaza Mayor, un viejo de boina capada solía contar viejas historias que acontecieron entre los fríos muros de la sinagoga, hoy escondida entre casas y sótanos. La sosegada plática del viejo, que tenía el cargo de sacristán de Santiago y se llamaba Lucas, de enrevesada palabra, invitaba a seguir escuchándole.
Alguno que yo conozco -decía el viejo Lucas- subía en su niñez a la majestuosa torre románica en donde la cigüeña monta la maraña barroca de sus nidos, que tenía campanas, a respirar de las lomas próximas y a recrearse de la impresionante vista. Allá arriba, la lechuza duerme hasta que nace la luna y luego, blanda, sobrevuela los tejados árabes. En las numerosas celebraciones que tuvieron como marco el templo había un denominador común que las alentaba: un fervor sincero, como fruto de un recogimiento místico sólo comparable al de los viejos ascetas.
El viejo recordaba algunas religiosas de un convento cercano, de un providencial sentido trágico y de una expresividad seria y consecuente. Y, en verdad, en el claustro plateresco del Palacio ducal de San Carlos, embrujo y misterio, aún parece brotar de las entrañas de los muros los una música lejana, diluida y suave, la de unos versos bien rimados que se traducen en anfibología de la vida y la muerte, de la salvación y condenación eternas del sentimiento más profundo y de una idolatría casi primitiva, en la propia esencia del Misterio conmemorado; por ello, el turista puede entrar en comunicación con el recuerdo de las mismas monjas o con las imágenes que ora transporta, otrora contempla y venera. Bien intuirá que muchos pasos se dieron por estos escalones de dura piedra granítica buscando la escalera volada por cuanto se advierten  desgastados en buen servicio de añejos tiempos a monjas o caminantes de distinta estirpe a la nuestra, aunque no podemos renegar el sedimento que nos dejaron.
Dejando la conversación con el viejo, nos aguijonea completar nuestras curiosidades. Recordaremos, amigo viajero, que la antigua ciudad de Turaca, Turgalium, Torgiela, Troxiello, Trugillo o Trujillo contó en tiempos remotos con bordadores, escultores, plateros y arquitectos, entre los que se encontraban  famosos maestros como los Becerra, Sancho de Cabrera o Diego de Nodera, y que trabajaron en ella para señorearla.
Esta prosperidad se reflejó inmediatamente en un abanico de obras de arte que llenaron los muros de conventos, iglesias y palacios y que constituyen hoy la mayor parte del patrimonio artístico de Trujillo. El turista puede contemplar los coros, muy espaciosos. En el centro del coro bajo de Santa María, una vez que las jerónimas han recuperado su casa, contemplamos el riguroso silencio y próximo al coro, el Cristo que durante tantos años estuvo colgado junto a la escalera volada del Palacio Ducal, al que se le atribuye una venerable leyenda. Todo es misterio y regocijo para la vista en Trujillo. Nos vamos más lejos, y desde los ventanales entreabiertos de los aposentos del Parador de Turismo, antiguamente Convento de Santa Clara, se cuela al amanecer un rayo de sol recién nacido, como escapado de la aurora y se dibuja afilado en el pavimento cual una espada de luz, invitando al viajero a poner la vista más allá, matizando lejanías, van escalonándose alturas hasta cuajar en crestas muy altas, en cuyas opuestas pendientes se desparraman suaves valles, sintonizados de elegantes monumentos artísticos en aspiraciones de aires limpios y cielos claros. El sol, alzándose lentamente, va descubriendo y resaltando con su esplendor las cumbres de los edificios vistiendo de oro las construcciones torreadas. Es saludo alborozado de la mañana que alancea la posible pereza avivando estímulos de nuestras insaciables inquietudes de contemplaciones.
Es preciso que después, el distinguido comensal, recorra nuestra ciudad en sus distintos momentos si ambiciona llevarse las más placenteras y extraordinarias impresiones que jamás olvidará. Más si por acaso es tiempo de que la luna salga a lucir, plena o no muy disminuida, el encanto y misterio de su luz blanca, es premioso caminar hacia las calles angostas que conducen al Espolón por el Arco del Triunfo, creando la luna en los edificios que contempla sugestivas mutaciones, al tiempo que el reloj de una iglesia presidencial hace sonar las campanas que ponen fin al cómputo de un día.
Esta es la semblanza histórica del Trujillo antiguo sirva para perpetua alabanza.
Olvídate, amigo viajero, de la hora y como un antiguo buscador de soledades, pasea al atardecer por las viejas callejuelas que circundan iglesias y conventos, y acoge tu cansancio entre sus muros que es como un aguafuerte de olvidos y seres apocalípticos.
                   

José A. Ramos Rubio

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