EL BANDOLERISMO EN TRUJILLO: KIKO QUESADA, MELCHOR Y MERINO


Siempre es apasionante investigar la historia de Trujillo, máxime cuando se indaga en temas inéditos y que despiertan la curiosidad del investigador y del lector. El actual sargento de la Policía Municipal me confió una documentación interesantísima acerca de los presos políticos y civiles en Trujillo durante la Guerra Civil Española, buceando en dichos papeles logre‚ localizar otros que no se referían precisamente al año 1937, sino que se adentraban en la primera mitad del XIX, cuál fue mi sorpresa que conseguí datos inéditos del bandidaje, sus declaraciones cuando fueron hechos presos, etc., tema inédito hasta el momento en el estudio de la historia de la ciudad, que se convirtió en una empresa ambiciosa que implicó a todas las esferas del poder.
La expansión del bandolerismo fuerza la intervención del Rey Fernando VII, que queda en los impresos oficiales glorificado, como un paternal monarca desvelado por los problemas de los súbditos. Se explota la repercusión social del bandolerismo para efectuar propaganda del Trono en fases de esta guisa:
“...Y luego que S.M se restituyó felizmente al trono escuchó con la justicia y benignidad que acostumbra los gritos de aquellos vasallos honrados, y decidió enjugar sus lágrimas, previno los remedios oportunos para la aprehensión y castigo de tal cuadrilla.." (Bando de Capitanía General. Badajoz, 1819).


Las disposiciones emanan del Real y Supremo Consejo de Castilla contra los bandidos trujillanos. De él sale de la formación de las partidas armadas para perseguir bandoleros en el 1815. En el ámbito de la entonces provincia de Extremadura hay que destacar un papel jugado por la Capitanía General, el Gobierno Político y la Real Audiencia de Extremadura. La responsabilidad del orden público se desplaza hacia el Jefe Superior del Gobierno político de Extremadura. Desde tal cargo, Álvaro Gómez persiguió a Quesada, Melchor y Merino -estos últimos participaban juntos en los asaltos-dictando algunas medidas muy certeras. Este sería el que en 1819 los apresaría. El principal campo de acción de estos bandoleros estaba en el camino real de Badajoz a Madrid, a su paso por Trujillo, resultaban peligrosos los largos tramos despoblados. De Mérida a Trujillo tenemos documentados importantes asaltos. Más riesgos revestía el recorrido entre Trujillo y Navalmoral de la Mata, que atravesaba parajes serranos con puntos temibles como las inmediaciones de Jaraicejo, el Puerto de Miravete (de sólida tradición delictiva desde el período medieval) o el Puente de Almaraz. Con puertos y pasos estratégicos, se presentaba esta zona muy oportuna para el asalto a caravanas comerciales y de viajeros. Los bandidos operan con bastante libertad, amparados por la escabrosidad del terreno y la lejanía relativa de núcleos urbanos (Cáceres-Trujillo), desde donde la reacción de las autoridades tarda en llegar. Los malhechores conocían que por estas arterias comunicativas entra y sale el fruto de las mejores transacciones comerciales; la mercancías m s valiosas y los carruajes postineros de la aristocracia circulan por ellas. No siempre dan el golpe en los mismos tramos de las rutas. Resultan imprevisibles casi siempre. En lugar de atacar en una venta o casa de postas, salían repentinos de entre la maleza de los caminos, que las autoridades decimonómicas ordenaron cortar asiduamente.
Se llevaron a cabo medidas adoptadas por el Corregidor de Trujillo, que incluso convocó varias reuniones extraordinarias de sus ayuntamientos para tratar específicamente sobre el delicado asunto. De estas sesiones capitulares brotan determinaciones importantes que fueron pregonadas en bando público, tales como la estrecha vigilancia de transeúntes y forasteros, limitando sensiblemente la libertad de movimientos de los ciudadanos, ocasionando graves trastornos a los que por exigencia de oficio debían desplazarse por la comarca. El pasaporte se convierte el documento imprescindible para transitar por la penillanura trujillana. Obtener el pasaporte llegó a constituir un arduo problema por el volumen de requisitos previos exigidos: informes de buena conducta, oficio y clase de vida, respaldo de otro vecino de honorabilidad comprobada, etc. En el pasaporte se registraban el móvil del viaje, objetos transportados, caballerías y armas que se llevasen; y las imprescindibles señas de identificación del viajante. Las justicias de los pueblos por donde cruzaban se encargaban del control, así como las frecuentes patrullas de tropas volantes por los distritos.


Pero, tal cúmulo de prevenciones no bastaron para que Melchor, Quesada y Merino se saltaran a "la torera" estos papeleos, introduciendo toda clase de picarescas, contando con la complicidad de posaderos. Ellos podían hacerse fácilmente con monturas, sin tener que trasladarse a Trujillo o a otros pueblos para conseguirlas, pues en donde se guarecían normalmente, cerca del río Tamuja o en cavernas localizadas en las cercanías de Valhondo, en el camino que iba a Sevilla, se acostumbraban a soltar los caballos y potros, formándose piaras de caballos -sin registrar- en estado de medio cimarrones que aprovechan las posturas comunales. A ellos recurrían en más de una necesidad.
Investigando a Quesada podemos describirlo así: Un hombre no mayor de treinta años, cerrado en barba, con uniforme militar o chaqueta con botonaduras, botines abiertos, tocado con sombrero redondo, cananas a la cintura y/o en bandolera; armado con dos escopetas o tercerola , amén de armas blancas ( puñal y cabritera); montado sobre espléndida caballería. He revisado que la estampa descrita admite tanto el refinamiento de la indumentaria del cabecilla, como su ostentosidad particular. Basándome en la manera de llevar a cabo sus acciones criminales, así como en el historial de algunos miembros de cuadrillas relevantes, ofrezco una serie de datos sociales y humanos del bandido: Baja extracción social; ambición ilimitada, pues quiere salir del entorno miserable a toda costa; carente de educación y estímulos políticos; rudo de modales; medianamente disciplinado, pues perteneció al ejército o a la guerrilla.
Los más decididos y ambiciosos se plantearon el bandolerismo en la cuadrilla de Quesada como uno de los pocos medios de evadirse de una situación de miseria. A tenor de los documentos se observa entre los bandidos un deseo de resarcirse de los incontables abusos que comete el estamento dominante local, afán comprensible en una sociedad tan hostil y frustrante para el campesinado trujillano. Ello se materializa en el acoso frecuente que padecen algunos representantes de la capa enriquecida, aristocrática y latifundista que maneja las tierras rurales de la comarca trujillana. Las agudas crisis de subsistencia que acompañaban las fases de posguerra produjeron un recrudecimiento del bandolerismo.
Apagados los ecos de la primera contienda carlista, el bandolerismo disminuye ostensiblemente. Su mejor momento estaba pasando. Los cambios y transformaciones que traen los nuevos tiempos contribuyen a su erradicación definitiva del solar trujillano. No obstante, los rebrotes del carlismo, Bienio Progresista, etcétera, hacen florecer de nuevo las agrupaciones criminales. Hacia 1880 aparece la cuadrilla de Conde y Donaire, que puede considerarse como el epilogo del bandolerismo decimonónico. Ejecutan robos y extorsiones de cuantía considerable a ganaderos, ser apresados en marzo de 1890, cuando van a retirar dinero exigido a un hacendado por la Guardia Civil. La prensa regional recogió la noticia de estos bandoleros conocidos como "Feligreses del Trabuco".
También, se adentró en la comarca de Trujillo, concretamente en las tierras de Aldea de Trujillo y el cruce de las serranías del Tajo (Monfragüe), "El Cabrerín", natural de Serradilla, que protagonizó un tipo de bandolerismo suavizado, de corta actividad criminal. Se mostró carente de ribetes pintorescos o sensacionalistas. Ni siquiera tuvo ese rasgo romántico meridional del que roba a los ricos para socorrer a los pobres. La estampa de bandidos como Quesada o Melchor resulta cruda, sin adornos. Se trata de un malhechor violento, y casi siempre sanguinario, que aprovecharon la guerrilla antinapoleónica para perpetrar fechorías entre la población de Trujillo cuando ésta abandonó la ciudad y se refugiaron en la Villeta del Azuquén, huyendo del invasor francés.
En resumen, estos bandidos fueron individuos con una amarga historia social a sus espaldas, viviendo peligrosamente y viendo el bandolerismo como la culminación de un creciente proceso de desviación social, o sea, el remate lógico de sus accidentadas biografías.
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