EL MONASTERIO DE EL PALANCAR, 
EL CLAUSTRO MAS PEQUEÑO DEL MUNDO


El Monasterio de El Palancar está situado al norte de la provincia de Cáceres, en la vertiente septentrional de la sierra de Cañaveral, en la misma falda de la sierra.
Una de las cosas que sorprende y agradan es el paisaje agreste y apartado de todas las rutas de comunicación, y a dos kilómetros de la localidad de Pedroso de Acim. En 1557 Pedro Garabito (San Pedro de Alcántara) se retira a este aislado lugar y decide construir un monasterio que sería el eje de la reforma de los franciscanos descalzos. Un edificio de apenas 72 m2; la celda del santo es tan angosta que hay que entrar de lado y agachándose. El claustro es tan pequeño que cada lateral está cubierto por tres tejas. El lugar es conocido como el monasterio más pequeño del mundo.
El 22 de mayo de 1557, una finca propiedad de Don Rodrigo Chaves, perteneciente al término municipal del Pedroso de Acim, conocida con el nombre de EL BERROCAL era cedida a fray Pedro de Alcántara. En ella manaba una fuente llamada EL PALANCAR. Un Breve del Papa Pablo III concedía a San Pedro de Alcántara facultad para retirarse a la vida eremítica, sujeto al Provincial de San Gabriel.
La pequeña casa que existía en la finca El Berrocal, fray Pedro, la va a convertir en casa de retiro. Para ello, hace una capilla y dos habitaciones. Don Juan Velázquez de Avila fue el encargado de suministrar las maderas procedentes de su finca de Loriana, y el conde de Torrejón corrió con el pago de la obra.
Así pues, fray Pedro, con el beneplácito del obispo, la autorización de su ministro provincial general funda El Palancar. La nueva casa más tarde se unió a los conventos de Redondela, Vigo, Bayona y Loriana formando la Custodia de San José, erigida en 1559. La inauguración del convento tuvo lugar en 1561, siendo fray Pedro Comisario General de los Conventuales Reformados. En este año se celebró en El Palancar el Capítulo de la custodia en la que fue ésta elevada al rango de Provincia de San José.
Desde 1771 funcionó El Palancar como Casa de Retiro de la Provincia Bética. En 1986, aprobó el Capítulo trasladar el noviciado desde el Monasterio de Santa María de Guadalupe a otra casa de la Provincia. El Definitorio Provincial, en uso de sus propias competencias designó el 30 de julio de 1986 el Convento de la Purísima Concepción de El Palancar, obteniéndose la erección canónica por Decreto del Ministro General de la Orden, fray Juan Vaughn, de 28 de agosto de 1986. El Palancar fue declarado Guardianía el 9 de marzo de 1988.
El convento había recibido ampliaciones en el siglo XVIII, de proporciones mayores al pequeño conventito de San Pedro de Alcántara.
El acceso al interior del mismo lo realizamos a través de un pasillo, a los pies de la iglesia que conduce a la primitiva construcción del siglo XVI. Todas las estancias del antiguo convento son muy reducidas. Rincón típico es la cocina, que presenta una curiosa chimenea cuadrangular, muestra inigualable de las chimeneas que a mediados del siglo XVI se construían en Extremadura en las casas más modestas. Para una comunidad que tenía como norma en días señalados el ayuno era suficiente dada sus reducidas dimensiones. Observamos el fregadero primitivo con su desagüe directamente hacia la huerta del convento. Su capacidad tan reducida nos da la impresión que servia simplemente para atender las necesidades de un ermitaño y no las de una comunidad. Los vanos son muy estrechos, en forma de aspillera. No tiene rejas, ni puertas.
Próximo a la cocina está el comedor, con la particularidad de que no existen mesas. Los frailes Observantes, al igual que muchas Ordenes austeras, hacían del comedor un lugar de penitencia. Dos asientos corridos a lo largo de ambas paredes labrados en piedra, era todo el mobiliario del comedor.
Pero, la estancia que más nos llama la atención es la celda de San Pedro de Alcántara. Según nos explica Santa Teresa: "Paréceme fueron cuarenta años los que me dijo fray Pedro que había dormido solo hora y media entre noche y día...y el resto estaba siempre o de rodillas o en pie. Lo que dormía era sentado y la cabeza arrimada a un mederillo que tenia hincado en la pared. Echado, aunque quisiera, no podía, porque su celda no era mas larga de cuatro pies y medio".
La celda de San Pedro consiste en un pequeño hueco que deja la escalera en su ascenso al claustro alto. También era norma tener en la celda una cruz de madera como continuo recuerdo del sacrificio de Cristo por nosotros. San Pedro dormía sentado y la cabeza la apoyaba en un grueso madero. El resto de las celdas son también muy bajas y angostas, según imponían las Ordenanzas de San Pedro de 1561.
El único espacio del convento primitivo que tiene dimensiones algo mayores es la capilla, que mide 2,50 por 2,50, en total 6,25 m2 y 3,50m. de altura. En esta capilla es donde Magdalena Lerroux, esposa de Pérez Comendador, regaló al convento en 1962 una decoración, para conmemorar el IV Centenario de la muerte de San Pedro de Alcántara. En la decoración no solamente alude a San Pedro de Alcántara, sino también a San Francisco de Borja y a Santa Teresa de Jesús por su relación con el pequeño convento.
Cuando la artista ofreció a la Diputación de Cáceres regalar a Extremadura la decoración de la pequeña iglesia del Palancar, pensó pintarla al fresco. pero temerosa de que el húmedo clima serrano deteriorara las pinturas, decidió realizar la obra en mosaico de vidrio como el de las basílicas orientales –bajo la dirección del artista Francisco Hernández (casa de Padrós), material resistente a los rigores climatológicos que asegurara la perdurabilidad del hermoso donativo.

Ante tanta austeridad, asombra la luz y el color que se aprecia cuando se entra en la capilla, por la gama de los vidrios azules y el oro, los blancos, el negro, amarillo y el tono verde. En tan pequeño espacio, las esferas celestiales y la tierra, los símbolos del Espíritu Santo, de Cristo y de cada uno de los santos presentes en la obra, se unen en perfecta armonía. En la zona superior del conjunto, el artista ha representado el cielo con una gran aureola. En las cuatro pechinas están los emblemas franciscanos: la Cruz de Jerusalén, las llagas, los brazos y un serafín. Preside la capilla la estatua de San Pedro de Alcántara de Pérez Comendador. Está hecha en madera policromada, se nos muestra de pie, con una cruz apretada contra su pecho, viste el hábito y manto corto de los alcantarinos abierto y echado hacia atrás. Cabeza con fuertes arrugas en la frente que inclina suavemente hacia su lado izquierdo, calva muy pronunciada y los ojos cerrados para dar más efecto de austeridad. Los pies descalzos posan sobre un libro abierto, en el que además se ven los instrumentos de penitencia del Santo. Armoniosamente proporcionada. Fue expuesta al público y bendecida por el Obispo de la diócesis Coria-Cáceres, don Manuel Llopis Ivorra, el 19 de octubre de 1959, festividad del Santo.
De una superficie de metro cuadrado es el claustro bajo, sostenido por cuatro columnitas. Sus bellas proporciones hacen que nos deleitemos al contemplarlo. Concebido para que las aguas de los tejados sean recibidas en el patio y conduzcan hacia un aljibe pequeño.
Por la antigua portería del convento se accede a la iglesia del siglo XVIII.
La escalera que comunica, en la actualidad la planta baja con la alta, está situada en la parte este del “conventillo” y deja en su parte inferior la habitación del santo.
Al llegar al claustro alto y contemplarlo, nos da la impresión que estamos ante un brocal de una cristiana, ya que no es mas grande la cavidad por donde entra la luz en el claustro alto.
La huerta tiene un extensión de alrededor de una hectáreas. Está situada en la falda de una montaña de la que ocupa la parte más elevada el convento. Al estar en pronunciado descenso, para poderla aprovechar mejor en los diferentes cultivos, se hizo necesario dividirla en bancales. Esto da un paisaje agrario muy heterogéneo que se unificaba en el punto más cercano al convento por la abundante arboleda de álamos.
Dentro de la huerta, rodeada de grandes rocas graníticas, se encuentra un manantial conocido como la Fuente Milagrosa. Este nombre es debido a que sus aguas han curado a muchos enfermos. Junto a esta fuente hay colocada una cruz que, según la tradición, servía a San Pedro de Alcántara para hacer largas horas de oración.
Recoge las aguas de la Fuente Milagrosa un estanque o alberca. Este se hizo famoso, porque, según la tradición, San Pedro lo usaba como lugar de penitencia en recuerdo de la agonía del Señor.
“Pedro Hernández Lorenzo, vecino del Pedroso, atestigua que oyó decir que en la furia del invierno se echaba en el estanque.”
También se encuentra, junto al estanque, un piedra que la tradición sostiene que servía de asiento del santo en sus rezos mientras esperaba que se secara su túnica.
Situada muy cerca de la Fuente Milagrosa se encuentra la Higuera Milagrosa. La devoción de las personas y el abandono han dado como consecuencia du desaparición. Fue plantada por San Pedro entre los años 1557 y 1562. Era el báculo que llevaba, normalmente, y se encontraba muy seco. Afirmando algunos testigos, que nació del bastón que San Pedro portaba cuando llegó de su viaje a Roma en 1559 y que clavó entre dos rocas y éste floreció. Se hizo famosa en los alrededores porque sus frutos, según testigos, eran milagrosos y curaban enfermedades. Pedían sus frutos y ramas hasta de la Corte. Su fama se extendió cuando ya había muerto San Pedro.
Una vez beatificado San Pedro, el 18 de abril de 1622, el lugar del Palancar se convirtió en centro de peregrinación para las gentes que habían obtenido alguna gracia del Santo o que había obrado, en ellos, algún milagro o que pertenecían al número de los muchos devotos que muy pronto tuvo San Pedro. Ante esta afluencia de personas, los frailes, se vieron obligados a abrir una puerta en la capilla para satisfacer al público que venia a oír la Santa Misa. Pero esta decisión no solucionó el problema por que decidieron hacer una pequeña iglesia en el ala sur del convento de San Pedro. Esta pequeña iglesia, fue dedicada a San Pedro de Alcántara y se colocó su imagen en el nuevo altar, colocando una reja de madera, muy poco artística, que dividía el altar desde el centro de la iglesia. Hoy todavía podemos contemplar la hermosa cúpula con pinturas murales, aunque bastante deterioradas, que representan algunos milagros del santo. Entre estos milagros se puede distinguir el que representa el paso de San Pedro sobre las aguas del río Tiétar.
Fray Pedro de Alcántara había sido canonizado en 1669 y declarado Patrono de la diócesis Cauriense en 1677. El culto se extendió por toda la región. La estrechez de la iglesia del convento y el número, cada vez más creciente de devotos del santo, llevó a los religiosos a construir una nueva iglesia capaz de dar más solemnidad a los actos litúrgicos y facilitar la comodidad de los asistentes.
La obra comenzó el día 13 de octubre del año 1702. Se colocó la primera piedra en solemne acto, presidido por el ministro provincial fray Juan Encinas del Casar. También estuvieron presentes el padre Alonso, famoso predicador y el padre Guardián del convento, el padre Alonso de San Buenaventura del Pedroso, que había sido definidor provincial, así como toda la Comunidad.
El lugar elegido para colocar la primera piedra, fue la esquina de la ermita del santo, conforme se bajaba al camino que comunica con Cañaveral. Los tres padres que oficiaron el acto marcaron la piedra con tres cruces, haciendo cada uno la suya a golpe de pico.
Las obras se prolongaron a lo largo de varios años y los Guardianes que gobernaban el convento durante este tiempo, además del mencionado, el padre Alonso que puso la primera piedra, fueron los siguientes: padre Francisco Bravo de Brozas, predicador, padre Simón de Brozas, profesor de teología; padre Juan Martínez de Fuente de Cantos, predicador y padre Fernando del Casar, predicador.
La bendición de la nueva iglesia se celebró el 3 de octubre de 1710, víspera de Nuestro Seráfico Padre San Francisco. El acto fue presidido por el padre Pedro de Burguillos, predicador y Guardián del convento. Este mismo día fue trasladado el Santísimo de la iglesia vieja a la nueva y se cantó la primera misa en el nuevo templo, dejando para el día siguiente, fiesta de San Francisco, la predicación, que estuvo a cargo del padre Pablo de Cilleros. La obra de la iglesia nueva de este convento de la purísima Concepción del Palancar se comenzó el día 13 de Octubre del año 1710.
El día 3 de octubre de 1710 se bendijo la iglesia nueva... La fecha se da en el frontispicio de la puerta principal de la iglesia. Hace referencia al año 17O4 pero parecen más convincentes las fechas dadas por el padre Juan de San Bernardo del Cesar. El día 25 de febrero de 1713, el padre Guardián, fray Francisco A. Samiano, colocó en el altar mayor de la nueva iglesia una talla de la Purísima Concepción de María, titular del convento. También, el mismo día, en el nicho donde había estado la imagen de la Purísima en la iglesia vieja, se colocó una estatua de San Pedro de Alcántara. Esta entronización de la Patrona en la iglesia nueva se hizo con toda solemnidad estando el sermón a cargo del predicador general padre Pedro San Marcos de Garrovillas.
Descripción de la iglesia: La planta de la iglesia es de cruz latina. Su cubierta es de bóveda de lunetos y de ladrillo visto. En la intersección de la cruz se eleva una bella cúpula de ladrillo visto; en la última restauración se intercalaron algunas piedras. Las paredes de mampostería dan la impresión de robustez.
El presbiterio está separado del cuerpo de la iglesia mediante dos peldaños de granito.
Hasta la exclaustración (1835), tenía un retablo barroco que fue trasladado a la iglesia parroquial del Pedroso de Acim y en 1950 sus tres altares contaban con retablos de yeso modelado. Estos desaparecieron en la restauración llevada a cabo por el padre Enrique Escribano, a partir de 1957.
El Cristo, que preside actualmente el templo, una escultura de madera de estilo barroco, del siglo XVII, perteneciente a escuela sevillana. Procede del convento de San Buenaventura de Sevilla.
En el crucero hay dos capillas con altares cada una. El del lado de la epístola, donde se reserva en la actualidad el Santísimo, está dedicado a San Antonio de Padua con una imagen moderna del santo. El del lado del Evangelio está dedicado a San Pedro de Alcántara con una imagen del Santo de talla fina.
El cuerpo de la iglesia tiene de longitud 23 metros y 74 centímetros. Por el coro alto tiene 2 metros y 25 centímetros más, por razón de su prolongación por encima del pasillo que une el convento con la portería. El ancho de la nave central de la iglesia es de 6 metros y 50 centímetros.
El crucero tiene una longitud, a lo largo de los brazos de la cruz, de 13 metros y 20 centímetros y una anchura de 6 metros y 50 centímetros. El coro alto mide de largo 5 metros y 80 centímetros y de ancho 6 metros y 50 centímetros.
El cuerpo de la iglesia tiene la longitud tomada la medida desde la puerta de la capilla hasta la pared en frente del coro bajo diez y seis varas, y en esta medida entra menos de media vara que tiene de ancha la paredilla del parapeto, sobre la que está fundada la reja de la capilla. De ancho tiene el cuerpo de la iglesia siete varas y media y media cuarta. La capilla de larga, tomada la medida desde el parapeto de la reja hasta la pared del Altar Mayor tiene doce varas y media cuarta. De ancha tiene la capilla, tomada la medida desde el umbral de la puerta que sale a ella hasta la pared en frente, quince varas.
El nuevo convento tiene un patio central con el suelo recubierto con grandes placas de piedras que combinan con cantos rodados unidos con argamasa. Sus dimensiones son 6,90 por 7,15 con un total de 49,33 metros cuadrados. Cuenta con un pilar en el centro de 1,60 por 1,70, es decir, 2,72 metros cuadrados. Este patio central, esta rodeado por una galería sostenida por ocho columnas muy robustas; las cuatro que forman los ángulos están constituidas cada una de ellas, por cuatro columnas incrustadas en una, dando la impresión de encontrarnos ante una columna lobulada y estriada longitudinalmente. Estas cuatro columnas no son una pieza sino que están divididas en tres piezas y la altura y unidades con argamasa. Toda la galería esta cubierta con bóvedas de aristas.
El convento consta de planta baja y alta comunicándose ambas plantas mediante dos escaleras; en la planta baja contaba con la siguiente instalación: Portería, Seis habitaciones, Cocina, Comedor de 13,50 por 4,50, con un total de 60,75 metros cuadrados.
En la planta alta existen, por tres de sus lados, una doble galería. Ambas galerías tienen sus arcos. La exterior se comunico con el patio interior mediante ventanas y a la galería interior dan las puertas de las 17 celdas; la puerta de la biblioteca y la de dos celdas, dan directamente a la galería única y por esta parte es por la que se comunica este nuevo convento con el que construyera San Pedro de Alcántara en el siglo XVI. En la ultima restauración, llevada a cabo, a partir de 1980, varió algo la distribución de las dependencias.
El convento, en su conjunto, tiene los rasgos propios de las construcciones franciscanas del siglo XVIII, dando una sensación de austeridad a pesar de sus 600 metros cuadrados de construcciones en planta.
Perpendicular a la fachada principal de la iglesia, y adelantándose en la explanada, se levanto una casa-hospedería en el siglo XVIII destinada a la familia de los religiosos en sus visitas al convento o a otras personas, que por distintas circustancias tenian que hospedarse en el convento y no eran frailes.
Su fábrica es de mampostería y de una sola altura, con cubierta a dos aguas y planta de forma rectangular. Su interior se distribuye de la siguiente manera: una cocina, tres amplias habitaciones un zaguán salón con su chimenea. A partir de la exclaustración, esta casa-hospedería siguió la misma suerte que la huerta a la que la unieron. Asi cuando se describe la huerta, en las escrituras de compraventa, se hace referencia a ella como hospedería del antiguo convento y en la que se encontraba una cuadra para el ganado. Hoy esta edificación se ha restaurado adaptándola a las nuevas necesidades de acogida de grupos de personas que desean un recogimiento en la soledad del paisaje.
Una vez construido en su totalidad el convento, sus moradores siguieron desarrollando con gran dedicación las actividades docentes, el convento era Casa de Estudios de teología de la Provincia Franciscana de San Gabriel, y el apostolado por aquellos pueblos de la diócesis de Coria.
En el siglo XIX, pronto empezaron los sobresaltos en los conventos. La ocupación francesa y como consecuencia la Guerra de Independencia.
Era tal el espíritu franciscano en la comarca, que a pesar de la ausencia de los frailes de su convento entre los años 1835 y 1895, no se extinguió. El pueblo al igual que los diferentes obispos que ocuparon la sede de Coria durante este tiempo, siempre anhelaron el retorno de los franciscanos a El Palancar. Algunos exclaustrados, desde su lugar de párrocos de pueblos, seguían fermentando las virtudes franciscanas y el deseo de que el antiguo convento volviera a tener vida.
No fue tarea fácil recuperar el Palancar. Muchos esfuerzos realizaron los obispos que gobernaron la diócesis de Coria. Los años pasaban y las gestiones, para conseguir el Palancar, principalmente las llevadas a cabo por don Ramón Montero (1830-48), no llegaron a buen puerto. Pero al fin se consiguió y durante el mandato de don Manuel Anselmo Nafría (1848-1851) aunque no se ha encontrado ningún documento y el obispo, fray Pedro Núñez y Pernia (1869-84), comienza con todo entusiasmo la restauración en los años setenta. Pensaba convertirlo en casa de ejercicios espirituales para los sacerdotes.
Por otra parte, la huerta y la hospedería, integradas en el mismo lote, las adquirió el seños Obispo de Coria, el 21 de septiembre de1876, a don Juan de la Cruz Lopez Pérez, vecino del Pedroso.
La diócesis de Coria, dueña ya de todo el Palancar, buscó una solución que beneficiara el mantenimiento y la conversación. Lo puso bajo la custodia del párroco del Pedroso. No obstante, la diócesis no se desentendió de lugar tan querido y, a través del ecónomo diocesano, vigilará el estado del edificio y ña reparaciones que lentamente se llevan a cabo en el mismo.
La custodia del Palancar la realizaba un guarda que contrataba, anualmente, el párroco del Pedroso. Esto era necesario debido a la gran pobreza del entorno, pues cualquier material era objeto de sustracción ante la mucha necesidad de las gentes.
Durante el tiempo que estuvo dependiendo del párroco del Pedroso, este lo consideró parte de su parroquia y usaba las cosas del Palancar igual que lo hacía con las pertenencias de su iglesia parroquial. En una carta que envía el párroco al responsable diocesano del Palancar, entre otras cosas le dice: ...”remito las dos Aras que aquí habían quedado, para uso de esta parroquia y la del Arco, cuya falta suplo con las dos Aras de las tres, que había en el convento; en esta parroquia hay ocho altares y faltan por lo mismo tres Aras; en el Arco hay tres altares y faltan dos Aras, de modo que faltando tres a esta parroquia, puede suplirse esta falta con las tres del convento, si así lo permite el señor Obispo”.
El día 2 de enero de 1895, don Ramón Peris Mencheta, obispo de Coria entre los años 1894 al 1920, se dirige, por medio de una carta, a sus diocesanos. Les comunica el deseo que tiene de poder contar con una comunidad de franciscanos para el Palancar. De esta forma, llevaría a feliz término el proyecto diseñado por su predecesor, fray Pedro Núñez Pernia, ilusionado con la revitalización espiritual del clero y con las misiones en las parroquias de la diócesis.
El padre Mariano de San José, provincial de los franciscanos de la Bética, que sin contradicción alguna había incorporado en 1892 a la Provincia bética de la Regular Observancia, una casa de la suprimida Provincia descalza de San Gabriel, sita en territorio extremo, en Fuente del Maestre (Badajoz), prestó oídos a la petición del obispo y, después de consultar con su Definitorio o consejo provincial, decidió aceptar la entrega del convento.
El día 8 de abril de 1895, viernes de Dolor, llegaron los primeros moradores para preparar el convento a recibir la nueva comunidad. Al frente de estos primeros frailes venía el padre Nicolás Ajuria, que una vez instalada la comunidad lo elegiría, el gobierno provincial, guardián o superior del convento.
La primera decisión que tomaron los nuevos moradores de El Palancar, será el traslado de la imagen del santo patrono desde la parroquia de Santa Marina de Pedroso de Acim, donde había permanecido desde la exclaustración, al convento.
La Provincia de San Gabriel, perteneciente dentro de la Observancia, a la Descalcez seráfica, no pudo ser restaurada, cuando a finales del siglo XIX, se intentaba la recuperación de las Provincias, suprimidas violentamente por la autoridad civil, con los decretos y leyes de la exclaustración y desamortización. Entre otras razones, porque el papa León XIII, accediendo a los deseos del Capítulo General de la Orden, de 1895, decretó en la Constitución Apostólica Felicitate quadam, de 4 de octubre de 1897 la unión, bajo la única denominación de Frailes Menores o Franciscanos de las cuatro familias de la Regular Observancia: Observantes, Reformados, Descalzos y Recoletos.
La vuelta oficial al Palancar de la Orden Franciscana, fue el día 5 de mayo de 1895.
La Provincia Bética, restaurada hacía pocos años, instalará rápidamente en el convento el estudiantado de teología y, años más tarde en 1899, el estudiantado de filosofía. Aquí permanecerán ambos hasta el 1909 que ya instalada la Orden Franciscana en el Real Monasterio de Guadalupe, traslada los estudiantados a la nueva residencia.
Restaurada la Comunidad franciscana en El Palancar, comienza su actividad evangelizadora por toda la región. Prestan una atención especial con la comarca de las Hurdes, no quedando ningún pueblo en el que los hijos de San Francisco no se hicieran presentes con el mensaje evangélico. Hay que hacer una mención especial, en esta labor evangélica a los padres Vicente Martínez Hermenegildo Fernandez, Cirilo Hernández, Melquiades de Jesús Lopez y Fulgencio y Nicolás Ajuria.
Llegan los años treinta y el mundo político español está resuelto. Los frailes en un lugar tan aislados corren grave peligro, y ante esta situación los superiores deciden cerrar el convento asta que los tiempos sean mejores.
Los dos religiosos que habitan en el convento cuando se ordena el cierre, padre Justo Rivero y Fray Gil Rives, morirán en el año 1936 asesinados por los republicanos.
Ante las dificultades que planteaba la creación de una comunidad estable en El Palancar, fue reducido a resistencia .Poco después el Capitulo provincial celebrado en 1935 en el Real Monasterio de Guadalupe tomo el acuerdo a la Curia General de la Orden, la reducción del mencionado convento San Antonio de Padua de la ciudad de Cáceres
Esta solución hace que durante los próximos veinte años, Fray Serafín Bartolo, bien desplazándose desde Cáceres o pasando temporadas en el Palancar, sea el que cuide el convento con sus caseros que se instalaron en su antigua hospedería. Durante las vacacione escolares, lo frecuentaron los profesores religiosos del colegio cacereño San Antonio, como descanso y lugar para practicar los ejercicios espirituales.
En el capitulo provincial celebrado en el Monasterio de la Rábida, el 6 de agosto de 1956, se determino realizar las sobras necesarias que dignificasen la antigua fundación de San Pedro de Alcántara al mismo tiempo que sirviese como lugar para la practica de los ejercicios espirituales de todo los religiosos que lo solicitasen.
Fue destinado el padre Enrique Escribano, que junto con Fray Francisco Limón trabajó en la restauración de todo el Palancar y en especial del conventito de San Pedro de Alcántara.
En octubre de 1956 fue elevada la Casa a residencia y fue constituida una comunidad formada por tres miembros, bajo la obediencia de Fray Enrique Escribano, como presidente. Este acometió las obras en la iglesia y claustros del s. XVIII por deseo Capitulo Provincial. Estas obras fueron dirigidas por el maestro don Dionisio Nuñez.
No cambiaba las cosas como se habían proyectado, El Palancar no terminaba de cuajar como proyecto espiritual de la provincia franciscana y en Febrero de 1968 un acuerdo del Definitorio provincial vuelve a reducirlo a casa filial perteneciente a la jurisdicción del convento de Cáceres. Los frailes de este convento se encargaran del culto, mínimo por otra parte de la iglesia conventual.
A partir de este momento el interés de la Provincia por el Palancar ira aumentando. El 15 de diciembre del 1971 por acuerdo del Definitorio Provincial, se nombro Casa Consistorial del Retiro con la posibilidad de establecer allí una Comunidad de Oración dependiendo especialmente del ministerio provincial. Después de una pequeña experiencia en este sentido todo seguirá como estaba anteriormente, con el párroco del Pedroso y un hermano.

José Antonio Ramos Rubio
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