LA VILLA DEL SILENCIO
El silencio parece una eternidad y las eternidades - aún las que el hombre crea - duran tiempos que se muestran inacabables.
Pisar las calles angostas de la Villa trujillana es como si nos encontráramos con un silencio de siglos, arraigado y perenne, metafísico y deshumanizado. Tanta en su grandeza que no podemos creer que el hombre  haya habitado estas mansiones, sino que un ave gigantesca e imposible cierne con sus alas las luces del cielo y ensordina las palabras para nuestro descanso. En la Villa parece que el hombre no ha existido, como si el prodigio pudiera levantarse sin la presencia humana. Se ha creado un mundo insólito de sordina y acallamiento, y en cada rincón de piedra está dormido un secreto. Porque solo en el silencio del granito y del recoveco, de la reja y de la torre airosa, la «Torre de Alicia», Trujillo es una sombra augusta de silencio pero con el palpitar de la vida y no quietud de la muerte, pues el silencio es una maravilla de vivir, acaso la más bella, y la muerte el acabamiento. El silencio es la virtud que nos hace agradable a los demás o, si se prefiere con el enunciado de Chauce, «la charlatanería es abominable a los ojos de Dios». Demasiadas palabras para una ciudad sin palabras. La Villa trujillana, la de los villanos de siempre, los hidalgos, los pecheros y los infanzones, es simplemente, la presencia desnuda de una creación; todo lo demás sobra. Y es que hablando de palabras resulta que las palabras han quedado vacías y el silencio cernido se convierte en realidades trascendidas.
Los medievales decían que el hombre hace al hombre, puro nominalismo que ahora nos va a valer. Trujillo enmudeció y el silencio señoreó sus piedras, por eso, al pasear por esas angostas y estrechas callejuelas, nos da la sensación que el tiempo se ha detenido, se ha parado. Pero como en un poema, quedó el hombre. El hombre, que no todos supieron identificar y que, sin embargo, valía para definir aquella ciudad de la que nada sabemos por mucho que publiquemos, por mucho que investiguemos, siempre quedará algo más por averiguar. Se llamó Turaca, se llamó Turgalium, se llamó Troxiello. Era una premonición para regalar a los siglos, el campamento, la fortaleza. Silencio augusto. Después se arrasó lo que nos hizo latinos y se pronunció el nombre de otra manera, se llamó definitivamente «Truxillo», «Trujillo», y con el silencio vino el olvido. Silencio siempre.
Pero  Trujillo vivió en su silencio, de sus piedras, del enriquecedor turismo que día a día nos llega como una fuente que emana agua. Y en él sigo viviendo. Treinta y dos torres lo custodian: eran las torres fuertes que mantenían la defensa y servían de atalaya para que el silencio no fuera perturbado. Eran el reposo que la ciudad exigía no para vivir el presente, sino para preguntar por el futuro. Ver la ciudad a vista de pájaro es sobrecogedor: una torre árabe denuncia su condición de albarrana a la de los cristianos -como a tantas otras- desmocharon, pero aquí, no se atrevieron con los Chaves.  La mudez se cierne sobre la Villa, que en su desasimiento busca las atalayas del  cielo: sillares romanos reutilizados en murallas y alcazaba; y piedras musulmanas para sustentar las ansias de evasión que coronan almenas y barbacanas. En el remate de la huida, las cigüeñas son el símbolo de un mal que se aniquila. En unos pueblos la cigüeña es la representación de la inmortalidad y en otros se identifica con el bien que destruye a las serpientes del mal. Trujillo mudada en aves prodigiosas: inmortalidad y serenidad en la lucha, que no otra cosa es lo que entre estas piedras se contempla, pues la quietud, el hieratismo y la soledad de la cigüeña vuelven a la inmortalidad que da el silencio. Cigüeñas de la longevidad que a los dos mil años empiezan a envejecer, como estas piedras que se van renovando antes de desaparecer: la sillería almohade de la torre Homenaje del Castillo; el gótico-mudéjar de la Torre de Alicia; el renacimiento en San Martín ya en el llano. Silencio y eternidad, como las aves que pueblan este cielo intenso y estas piedras doradas.
Pisar el suelo granítico de La Villa trujillana es sentir el murmullo del silencio. Porque fuera de la ciudad vieja es donde los rumores se encrespan. La Plaza Mayor que es el mercado antiguo, con los artesanos que acompañaban con golpes y canciones sus trabajos, o los pastores que, al son del albogón y la flauta, van meneando sus ganados por la Cañada Leonesa allá por la Puerta de los Caballos. Es la ciudad que deja en el palacio de los Bejaranos una leyenda, como trasunto de lo que es el vivir y, hermosa casualidad, el Cementerio, destino de todos nosotros, enfrente. Frente a la villa alta, silenciosa y evadida, estos caballeros que dejaron su vida en esta Villa son el símbolo de un proceder distinto. Ahora la evasión hacia un mundo de realidades y no de desasimiento. Pensamos en las gentes que emigraron a América siguiendo la llamada de la fama, la aventura o dejando atrás la miseria. Aquí quedarían las cresterías góticas y un vuelo de chovas en los torreones. No el símbolo de vida que es la cigüeña, sino el de muerte; la chova con su crascitar áspero y lúgubre que un día tuvo que cambiar este cielo transparente por otros azules en regiones donde el aire se adelgaza.
Y un día, aquellos abuelos y abuelas que pasearon por estas calles, cuando nos encontremos con ellos en el esperado Paraíso  -porque espero y deseo que exista ese Paraíso, después de lo que estamos «penando» en este mundo- nos preguntarán ¿qué habéis hecho en Trujillo? Esta es mi Villa, sigue aquí, igual, exactamente igual que cuando la dejamos. Y, al despertar todos veremos un vuelo de cigüeñas surcando el cielo, y también nos preguntaremos ¿Qué hemos hecho en nuestra vida por la Ciudad?, pero, como decían en la película Casablanca, también diremos: «siempre tendremos el silencio».


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