LAS MURALLAS DE LA VILLA


Las murallas que engloban la Villa se disponen de forma irregular para adaptarse a las diferentes cotas de nivel, aunque muestran una ligera tendencia a la forma rectangular, abarcan un área amesetada amplia. Su origen musulmán parece incontestable, sin embargo, de este período no se conservan más que el trazado original, quizás con ciertas reformas, y parte de su basamento. La historiografía local ubica temporalmente su realización en el siglo XI, hecho que puede venir avalado por las descripciones recogidas en las fuentes árabes y por la disposición típica de medina, estructura urbana habitualmente fortificada.



Con bastante seguridad podemos afirmar que existió un recinto fortificado más antiguo, cuya traza se asentaría próximo a la alcazaba, a ella responderían los muros situados al Este (con dos torres semicirculares macizas, muy reformadas) y al Sur de aquella: en la torre de planta trapezoidal que en la actualidad avanza como balcón sobre la Plaza Mayor. Este antemural continuaría su recorrido hacia el suroeste, espacio en el que su presencia se pierde.
Podríamos datar esta primera muralla en el periodo Taifa (años centrales del siglo XI), pues es en este momento cuando todos estos elementos defensivos alcanzan su madurez funcional y estética. Sea como fuere, esta primera cerca obliga a acometer la entrada principal a la fortaleza no de un modo frontal, sino lateralmente, hecho que redunda en la mejora de su defensa.
Si los primeros paños de la muralla podemos situarlos cronológicamente entre los fines del califato de Córdoba e inicios de los Reinos de Taifa, época marcada por la inestabilidad ante la ausencia de un poder suficientemente fuerte como para aglutinar todo el territorio andalusí bajo un mismo mando, el resto de sus lienzos pueden ser datados entre fines del periodo Taifa e inicios del dominio almorávide, es decir, en torno a la segunda mitad del siglo XI.
La muralla está jalonada por 17 torres dispuestas a tramos irregulares a lo largo de todo el perímetro, su altura es superior a la de los lienzos de los que parten, las plantas más frecuentes son la cuadrada y la rectangular, a ellas habría que añadir las dos semicirculares, ya mencionadas. De entre estas torres podemos destacar la albarrana que se une al muro mediante una coracha alargada en el sector oeste. Los paños de la zona norte sorprenden por la ausencia de torres; en este espacio apreciamos la existencia de un edificio adosado, convertido en convento franciscano en el siglo XV, que por su solidez pudiera reforzar la denominada Puerta de Coria.
La muralla conservada actualmente –en una gran parte de su trazado- es legado no islámico, sino herencia cristiana de los siglos XII-XV. Su estructura arquitectónica y sistema constructivo nos confirman diferencias obvias con las realizaciones musulmanas de la Alcazaba y del Albacar. El material constructivo sigue siendo el mismo, el granito, no obstante su tratamiento difiere del de fases anteriores. La fábrica es de mampostería, aunque en zonas bajas de los paramentos y en las esquinas de las torres se emplean sillares, la piedra es unida con abundante cal y arena gruesa tanto en las caras externas como en su interior. En ocasiones se observa la presencia del ladrillo y pizarra como niveladores de las sucesivas hiladas pétreas. Muros y torres se coronan con un remate cuadrado piramidalmente.
Si en la muralla reconocemos la huella de las obras realizadas tras la definitiva conquista castellana (año 1232), serán las puertas de ingreso al recinto las que marquen claramente la periodización del mismo. De este modo, todas ellas, al menos todas las conservadas, responden a unas tipologías propias de las tres últimas centurias del Medievo.
Actualmente son apreciables cuatro de las siete que poseía el recinto; posiblemente no todas serian medievales y, quizás habría que añadir alguna poterna hoy desaparecida tras las modificaciones sustanciales a que el conjunto murario ha sido sometido (derribo de algunos lienzos, variadas estructuras adosadas a los mismos, etc.)
La Puerta de Coria comunicaba directamente con el campo, su traza es de arco ligeramente apuntado de medianas proporciones, en ella no se observan inscripciones ni escudos.
El arco o Puerta de Triunfo muestra un vano apuntado de claros resabios góticos, en él capean los escudos de Altamirano, Añasco y Bejarano. Tradicionalmente se asocia este acceso con el lugar por el que penetraron los cristianos en la conquista del lugar.


De conformación similar a la anterior es la Puerta de San Andrés, debajo de cuyas almenas se situaron una inscripción de la dificultosa interpretación, tal es su deterioro, y un escudo de los Reyes Católicos.
La Puerta de Santiago, por su parte, presenta un vano de medio punto que pudiera corresponderse con las primeras realizaciones del recinto amurallado cristiano, y dos torres de flanqueo, una integrada en el alcázar de Luis de Caves y otra perteneciente a la Iglesia de Santiago.
También de traza muy antigua parece ser la de la Veracruz. Sus motivos románicos así lo confirman, puerta de reducidas dimensiones que apenas permitia el paso de un hombre a caballo, actualmente se halla tapiada.
Desconocemos las puertas del Norte y las de las Palomitas, de esta última (situada en el lado sur), se conservaban algunos restos y recientemente se ha procedido a su restauración, ya que había sido demolida a fines del siglo XIX. La original hubo de ser similar a la que muestra en Cáceres el Arco de la Estrella: un arco escarzado esviado que permitiera el tránsito de carruajes en una zona caracterizada por la reducción de espacios y la notable pendiente.
El complejo sistema de fortificaciones se completaría en época bajo medieval con la edificación de numerosas casas-fuertes. Son éstas construcciones recias, sólidas, en las que su uso residencial se combinaría con el de defensa de un determinado espacio urbano tanto frente al enemigo exterior, como ante los convecinos en la múltiples disputas internobiliarias (luchas de bandos) que asolaron las ciudades castellanas de la Baja Edad Media.
Alcazaba, Albacar y Murallas han sufrido innumerables reformas desde época histórica, capaces de enmascarar los elementos originales de la obra. El propio devenir de los tiempos ha despojado los distintos recintos defensivos de toda funcionalidad militar, dotándola de otra bien distinta como estética; entre uno y otro momento existen diez siglos en los que las transformaciones y añadidos, propios de una obra vivía y funcional han primado sobre el estatismo purista.
La fortaleza y la muralla sufrieron reformas evidentes con la llegada de nuevos pueblos norteafricanos (almorávides, almohades), que adaptaron las construcciones existentes a sus necesidades militares y a los nuevos gustos de la época: Tras 1165, fecha de la primera toma de la ciudad, nuevas reformas perciben sobre el conjunto de los lienzos modificaciones que se repetirán en la última parte del siglo XII y en los inicios del XIII con el apresamiento de Trujillo por los almohades. Transformaciones notables se produjeron tra la definitiva conquista cristiana (1232), periodo en el que se levantan buena parte de los lienzos de la muralla actualmente conservada.
Añadidos y recrecidos desde este momento hasta fines del medievo son realizados en un intento de mejorar las defensas de la ciudad, imbuida en las múltiples disputas por el poder, tanto a nivel local (luchas urbanas internobiliarias), como en un plano general del reino, inserto en una dinámica de frecuentes conflictos civiles.
Entre finales del XV y a lo largo del siglo XVI se sumarán nuevos elementos, de este periodo data la estructura abaluartada sita en la zona suroeste del Albacar.
Demolición de algunos paños y pérdida de funcionalidad militar son las notas más destacadas de las defensas trujillanas a partir del siglo XVI, numerosa viviendas se adosan a las murallas y estas comienzan un proceso de fosilización y ruina al carácter de reparaciones frecuentes, la ciudad se extienden extramuros desplazándose con ella los centros más importantes de la vida pública.
Los conflictos del siglo XIX, especialmente, especialmente la Guerra de la Independencia, provocarán graves desperfectos en unas construcciones no adaptadas a la artillería pirobalística.
La alcazaba pasa a manos particulares en el siglo XIX, hecho que redunda aún más en su deterioro. A comienzos del XX es declarada Monumento Histórico-Artístico y poco después adquirida por el Ayuntamiento de la localidad, que es su propietario.

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