DE VUELTA


Bastan unos días de asueto y descanso para darse cuenta de que las cosas suceden en tu propia ausencia y sin tu conocimiento. Sería algo así como la más prístina expresión, en cuanto a primitiva y original se refiere, del típico “no somos nadie”. Porque esta expresión, tan utilizada en óbitos y sepelios, se refiere, creo, a que las cosas sucedan tras la muerte, y este otro “no somos nadie” nos pone los pies en el suelo porque las los hechos suceden y se suceden estando en vida.
Y es esta segunda entrada postvacacional al mundo, que no ha sido tan dura, uno, en su torpeza, ha tenido que ponerse al día de los acontecimientos más sonados que han ocurrido.
Pues ahí estamos. Uno se ha vuelto a encontrar, después de muchos años, con Juan Manuel Sánchez Gordillo con palestina al cuello incluida, que no es nuevo en esta plaza, aunque para algunos lo sea. Uno, que ya va cumpliendo años, recuerda al alcalde de Marinaleda en los tiempos de la transición, o muy inmediatos a ellos, con la organización colectivista de su localidad, que no ha ido tan mal y que he tenido ocasión de visitar, y con la ocupación de fincas, que tuvo sus claros y sus oscuros. Indudablemente, lo más asombroso de Marinaleda, y obra de Sánchez Gordillo, fue la construcción colectiva de viviendas con un sistema muy eficaz de financiación: el ayuntamiento que presidía aportaba solar y materiales y el futuro propietario, ayudado por otros vecinos, el trabajo de construcción. Terminada la vivienda, al flamante propietario le quedaba por pagar una escasa renta, que obtenía de su trabajo en la colectividad.

Pero el discurso de Gordillo tenía sus lagunas. Tanto en cuanto a las ideas como en la práctica. Fundamentalmente su gran falta es que se trataba de un discurso anti sistema, cuando todo el país hacía un enorme esfuerzo por encontrar un “sistema” que nos sacara de un atolladero enorme, que no era otro precisamente que el vacío de “sistema”.
Esto me hace pensar que nuestra generación (Gordillo es unos años menor que uno, pero generacionalmente iguales) aportó bien poco al nuevo “sistema” aunque colaboró agudamente en su encuentro. Esa generación presumió, y sigue presumiendo, de terminar con Franco y el franquismo. Y nada de eso. Con Franco terminaron el tiempo y la enfermedad, y nadie más. Y con el franquismo terminaron los años porque sus más enfáticos representantes eran demasiado mayores y no pudieron encarnar nada de nada.
Presumimos también de dotar a España de una Constitución democrática y consensuada. Pero esa Constitución, con leves parches, quedó enseguida obsoleta. Al igual que la Ley Electoral, o el Estatuto de los Trabajadores, o la Ley de Partidos, o los Sindicatos. Estaba todo tan prendidos con alfileres, que todo necesita un gran cosido, o aún mejor si hacemos un traje nuevo.
El discurso de Gordillo, y de tantos otros, sigue siendo el mismo. Puede ser muy llamativa la marcha en la que anda metido, pero nada efectiva social y políticamente. Puede ser un gran golpe de efecto al asalto a los supermercados en nombre de los más necesitados, pero nada tienen que ver con la cara de terror de la cajera que, seguramente, defendía su puesto de trabajo. Y todo liderado por un militante de un partido de gobierno en Andalucía.
No se necesitan salvadores de la Patria. Ya los hemos tenido. No se necesitan mesías ni profetas. Estamos hartos de ellos. Todos sabemos que necesitamos menos cargos públicos y con más honradez, cajas bien administradas o quizás cerradas, negociaciones ventajosas con la Unión Europea si fuera posible. ¿Es necesario continuar con la lista?

Y para colmo, para terminar la nómina de despropósitos, por el otro lado nace un nuevo profeta al que se veía venir. Mario Conde lidera un partido político con aspiraciones a obtener representación parlamentaria. Y me pregunto si será un partido de Regeneración Política o el Partido Intransigente, como el del pelirrojo Salustiano Olózaga.
Me olvidaba reseñar, y es histórico, que Olózaga era amigo, o al menos amiguete, de Luis Candela.
Lo que digo, que debí seguir de vacaciones musicales.

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