EL CASCABEL DEL GATO ELECTORAL


Las recientes elecciones a la presidencia de la república francesa, resueltas en dos vueltas y que han dado la victoria a Hollande casi por la mínima, son un claro ejercicio de la buena práctica electoral mediante la que los electores eligen directamente y sin intermediarios al candidato que consideran más idóneo. Incluso por este método al presidente electo en Francia le puede salir en las inmediatas legislativas un congreso adverso a sus programas, ideas y partido. Todo un ejemplo.

La reciente ruptura del pacto entre en PSE y el PP en el Pais Vasco, parece indicar que se celebraran elecciones anticipadas. La falta de acuerdos o los acuerdos precarios en Asturias, no logran alcanzar la gobernabilidad tras los comicios. El acuerdo de gobierno entre PSA e IU en Andalucía, dejan al partido más votado en la oposición. La abstención de IU en Extremadura lleva al gobierno al partido más votado, pero también más lejano ideológicamente de los abstencionistas. Y todo ello logrado penosamente en pactos poselectorales.

Todo esto indica que algo está fallando en el sistema electoral español que da lugar a encuentros y desencuentros políticos que excluyen a los votantes de tales acciones. O incluso se podría decir que esos pactos y desencuentros se realizan sin tener en cuenta la voluntad que los electores han expresado libremente en las urnas.

El primer fallo estriba en que nuestra ley electoral no contempla la elección directa de los primeros mandatarios. Al contrario, se votan unas listas que, con pactos o sin ellos, eligen presidentes de gobierno y autonomías y alcaldes. Se trata de un voto indirecto que nos aproxima a la democracia. Lo que se vota son unas listas confeccionadas en el seno de los partidos políticos lo que lleva a una extraña confianza en la democracia interna de las formaciones políticas que está en plena contradicción con la disciplina de voto exigida a la hora de que los electos voten en las cámaras parlamentarias.

La unidad circunscripcional es, en la misma ley, la provincia que excluye a las autonomías como unidad contemplada en la Constitución. No sería perjudicial tal circunstancia si no fuera porque impide la añorada formación de un Senado en el que estén representadas las autonomías. Al menos en las elecciones a la Cámara Alta se debiera contemplar esta contingencia.

La norma D'Hont, aplicada en tantos países, impide la elección personal y directa, convirtiendo el voto del ciudadano en parte de un porcentaje que no se sabe con seguridad cual será su destino. Con esto se termina con una antigua máxima: un hombre, un voto que se convierte en un hombre, un posible porcentaje.

Y aún en esta lista de errores podría ser más larga. Pero no se debe olvidar la reclamación sempiterna de listas abiertas. No tienen sentido las listas abiertas si el sistema electoral sigue siendo el mismo, tanto en su teoría como en su práctica.

Y no es que España esté huérfana de leyes electorales en la historia de sus comicios, que es casi tan rica como la inglesa. Aunque no es éste el lugar de realizar un estudio comparado de las distintas leyes electorales.

Si vamos a la raíz o fundamento de nuestro sistema electoral, nos encontramos con que su piedra angular reside los partidos políticos. En su seno se confeccionan listas y se realizan pactos poselectorales, incluso renunciando a los propios programas que han expuesto en sus campañas ante sus militantes y sus posibles electores. Que estamos en una partitocracia y no en una democracia, o sea.

No habría espacio para exponer toda una teoría electoral, de probada eficacia, sobre el sistema de elecciones con circunscripciones distritales y con candidatos unipersonales por cada partido. Y así terminaría todo este embrollo.

El caso es que en muchas ocasiones los políticos hablan de la reforma de la ley electoral, pero seguimos esperando a que alguien ponga el cascabel al gato.


Curro Guadiana

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