EL CÓDICE, EL ELECTRICISTA Y EL DEÁN


Ahí está mi regalo: el título de una comedia que sería representada con éxito de humor, de público y de taquilla. Llevar ese guió al cine, sería del todo imposible: sólo podría realizarlo el maestro García Berlanga.
El Códice es una obra maestra, como otras muchas que se conservan, de mediados del siglo XII, primorosamente caligrafiada y miniada, cuyo autor dice ser el papa Calixto II, y no es sino una completa guía de la Ruta Xacobea (de soltera Camino de Santiago) que contiene una ingente información de utilidad para los peregrinos. Ni que decir tiene que uno sabía poco, o nada, sobre esta magnífica e histórica obra hasta su sustracción, y eso que en diversas ocasiones había visitado el museo de la catedral de Santiago, en el que se exhibía, y de nuevo se exhibe, el preciado Códice.
Y mire usté por donde, el magnífico y único ejemplar es limpiamente sustraído, robado o distraído, que diría un castizo. Y sin dejar rastro, que ha traído de cabeza a los mejores investigadores sobre robos de obras de artes que hay en el país.
Y uno, en su ignorancia se pregunta: ¿Es que no había suficientes medidas de seguridad en el museo, que debía contar con una urna de seguridad, a prueba de bombas, cámaras de grabación, códigos de acceso a la sala donde se exhibía, cuyo ingreso en ella debería ser muy restringido? ¿Por qué se exhibía a diario y con acceso de cualquiera el original del Códice y no una copia dejando el mejor, el bueno, a disposición de sesudos investigadores? Es más, ¿Qué hacía el Códice en el museo de la catedral de Santiago en vez de ser custodiado en lugar más científico y seguro? ¿Qué hacen tantos tesoros, por muy patrimonio de la Iglesia que sean, en monasterios, iglesias, ermitas, inseguras? Pues no sé.
¿Había sido robado el Códice por un experto, por un coleccionista, se intentaba poner en el mercado, quería tenerlo en sus anaqueles un caprichoso? Vaya, hombre, pues no.
El que limpia el Códice es un electricista. Nada ordinario, pero un electricista que hacía mantenimientos e instalaciones para la catedral y para el museo. No, no era empleado de la archidiócesis o del cabildo catedralicio, era autónomo.

Y el nota, antes de llevarse el Códice, se había llevado otros veinticinco volúmenes y nadie había notado nada. ¡Ah, claro! Se trataba de volúmenes pequeñitos y hasta que no se llevó el más gordo, nadie se percató.
Y se encuentra el Códice en una cochera del electricista autónomo. Ahora bien, perfectamente protegido en una bolsa de plástico (el Códice, no el electricista). Y además, el nota tiene un millón doscientos mil euracos, no sé cuántos miles de dólares y ahora se le encuentran otros seiscientos mil euracos. Además de lo que había gastado. O sea, una pasta gansa y nadie se había percatado.
Vamos, que el electricista quería forrarse con los robos. Pero para mí que con lo del Códice lo que deseaba era joder la marrana (y perdón por lo de marrana)
El electricista autónomo había pedido insistentemente al deán (el párroco de la catedral, como si dijéramos, y tercer personaje de la historia) que le pusieran en plantilla, que lo hicieran fijo, con un sueldecito que llevarse todos los meses a su cartilla. Pero el deán se hacía el longuis, y nada, que no había nómina. Y además, para más recochineo del electricista, prescinde de sus servicios.
Y ahora nos muestran las fotografías (pocas) de la cochera en que el electricista escondía el Códice. ¿Se han fijado las dos lectoras y el lector que me quedan en la chapuza de instalación eléctrica que se muestran? ¿Es así como están las instalaciones eléctricas de los recintos jacobeos?
Como suele ocurrir en la vida misma, el deán deja todas las llaves de la catedral y del museo en manos del electricista una vez despedido, que deambula por todas las instalaciones como Pedro de su casa (en el caso de que Pedro no tuviera su casa embargada). Y nada extraña al deán, máximo custodio de todas sus instalaciones.
Pero vamos a ver, ahora se hace la luz sobre la mente y el corazón del deán. Claro, el electricista asistía a todos los actos litúrgicos de la catedral, y con aparente piedad. Ahora caigo, no era de mucho fiar porque no comulgaba. Aviso a navegantes (miles de peregrinos): todo el que asista a un acto litúrgico de la Catedral de Santiago y no comulgue, será sospechoso incluso de haber provocado la Batalla de San Quintín (el amargao, que esto va de comedia)
La escena final es del todo conmovedora. El señor arzobispo balbucea el agradecimiento a todos los que han intervenido en el rescate y se congratula de que el Códice vuelva a su sitio. Núñez Feijoo, que actúa de cómo notario, dice algo en ese gallego de Castilla que tan bien dominaba Fraga. Rajoy dice al arzobispo que cuidadín, que esta vez ha salido bien, pero no sabemos a la próxima. Igual depende de la prima.
Se remata la escena con el electricista en la cárcel y el deán escondido detrás de una columna.
Pábernosmatao.

Curro Guadiana
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