EL MOMENTO DE LA IGUALDAD


Hace algunos años, cuando algunos negaban la crisis y otros la anunciaban (Solbes vs Pizarro, por ejemplo), andaba uno por Barcelona charlando con un buen amigo, directivo de empresa, sobre esa situación. Decía mi amigo que en ese momento teníamos un buen queso para comer entre todos, pero que no había más remedio que repartir si todos queríamos comer dignamente, porque terminado ese queso vendría otro más pequeño que también habría que comer entre todos. Quería decir mi amigo que ya eran insoportables las diferencias entre unos ciudadanos y otros. Había que repartir los ingresos, los trabajos, las comodidades que quedaban e incluso la cultura. Y así, por medio de una sociedad más igualitaria, ponernos a trabajar duramente para encarar con esperanzas, aunque inciertas, la que se nos venía encima. Es decir, aclaraba mi amigo, hay que igualar a todos los españoles, a todas sus autonomías, a todas sus administraciones y todos sus administrados.
Algún tiempo después, al ser intervenida Portugal por la UE, intenté hacer comprender a un buen amigo lisboeta, gran empresario y negociante por naturaleza, que no era buena noticia la de esa intervención. Consideró que era igual, incluso beneficiosa para los portugueses. La intervención, decía, no venía sino a intentar solventar una crisis económica que su país arrastraba desde hacía décadas, igualaría a los portugueses en sacrificios y privaciones, impondría una disciplina hasta entonces imposible y así todos tirarían del carro en la misma dirección para salir de una situación tan delicada y casi insoportable.
Con el tiempo, mi amigo barcelonés se ha marchado de España a continuar su brillante carrera portuaria, y el lisboeta, en feliz retiro, rumia sus razones viendo el lento discurrir del mar de la Paja (Mar da Palha, que es nombre muy bonito).
Uno, que no deja caer en saco roto las opiniones de amigos sabios y en este caso clarividentes, ha dado muchas vueltas a esas razones viendo lamentablemente que hoy, en España, son una realidad incontestable.



Nos dimos – los que tuvimos ocasión y edad de votar – una Constitución aparentemente igualitaria. Nos dice en su articulado que todos somos iguales ante la ley. Y todos los que eso creímos o que ahora lo conocen, no podemos menos que esbozar una media sonrisa cínica que muestra un colmillo, ante esa hipotética igualdad tras la que se esconde el trato especial dado a los que han cogido subvenciones en nombre o por influencias de váyase a saber quién, en los que las han concedido, a los que han arruinado empresas, y para qué seguir.
Esa misma Constitución estableció la desigualdad en el llamado Estado de las Autonomías. Unas autonomías eran rápidas, otras menos históricas o quizás artificialmente creadas, eran más lentas. Recuérdense los estatutos preautonómicos, que hoy producen risa, lástima y asombro.
Luego vino la lucha por las transferencias, casi todas negociadas a cara de perro, porque todo el mundo quería pillar cuanto más mejor. Tras las transferencias, vinieron las competencias. Y se montó el lío, se creó la mayor desigualdad que podamos haber conocido.
Resulta que para cobrar el desempleo unos tienen PER y otros no lo tienen. Sucede que en unas autonomías la sanidad no es tan gratuita (léase el recetazo de Cataluña y ahora de Madrid) y en otra es más gratuita. Resulta también que unos maestros y educadores, médicos y funcionarios públicos en general, cobran más en una autonomías que en otras. Resulta también que en unas diputaciones (santa palabra) se dedica más a la cultura que en otras.
Nada menos igualitario porque seguimos igual. Unos dicen que quieren más porque aportan más al erario público. Otros dicen que son los que más aportan, pero que se les timan los euros porque no se los dan. Hay quien dice que su pobreza no es tan histórica, sino que es consecuencia de la bota estatal que les está oprimiendo. La casuística da para todo y podríamos no terminar.
Y quede claro que lo que va escrito hasta aquí, nada tiene que ver con nacionalismos y secesionismos. Ni por asomo, que ese es otro cantar para el que no tengo partitura.
El queso ya es escaso para repartir mucho, y el carro se ha roto de tanto tirar unos para un lado y los demás para otro. Y aquí hay una desigualdad insoportable.
No se trata de enrasar, que todos querríamos que nos enrasaran por arriba. Se trata de igualar, de dar no ya lo que corresponde, sino lo que se necesita vitalmente, perentoriamente. De ofrecer una esperanza mediante la igualdad de derechos, y también de deberes, faltaría más. De exigir igualdad en el esfuerzo tan traído y llevado, en las privaciones, en las holguras.
La desigualdad, basada ahora en el desigual trato a las personas, por sus condiciones económicas, engendra la confrontación, nada menos deseable para el momento que estamos viviendo. Y esta confrontación o al menos desentendimiento, ha alejado de modo casi irreconciliable a gobernantes y gobernados, a administradores y a administrado. Y nada bueno puede traer. Trae la falta del queso y la rotura del carro. Porque la igualdad se basa en la compresión a la que sólo puede llegarse a través del diálogo de ceder unos y ceder otros, de aportar unos y de aportar otros. Parece ser que esa situación no se dará por la inquebrantable cerrazón de todas las partes.
Y ese es el mensaje de esta semana: pedir a quien corresponda que nos saque de ésta mediante la igualdad porque es el momento de la igualdad, que las medidas que se adopten sean igualitarias y nos animen a todos a tirar del carro en el mismo sentido con la esperanza (ligerita, claro) de que no vaya cuesta abajo, para atrás y sin frenos. Es lo que nos faltaba. Es lo que está ocurriendo.
Lástima.

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