EL ÚLTIMO QUE APAGUE LA LUZ


Las migraciones son anteriores a la inteligencia. Antes de que el homo sapiens tomara el dominio del mundo que conocía, es un decir, las migraciones habían comenzado. El hombre, más tarde que las manadas de animales, huía de glaciaciones, de condiciones poco propicias para la vida, buscando un elemental sustento a través de la caza, de la pesca, de los frutos naturales e incluso de la agricultura. Se buscaba la vida, en fin.
Periódicamente vemos muchas aves cruzar los cielos de Iberia en sentido norte o sur, pero siempre buscando climas más templados y sustento más fácil.
Las migraciones suponen, en definitiva, una huída de la escasez para buscar la abundancia, la huída de la pobreza para buscar la riqueza, términos más apropiados en estos tiempos que corren o vuelan, según se mire. Tantos estudios sociológicos y antropológicos hay publicados sobre las migraciones que este resumen será más que suficiente para entender las elementales reflexiones que siguen.
En el recuerdo de muchos perdura el gran movimiento migratorio que se produjo en España en una huída de la escasez y que se produjo en la década de los años sesenta. El mito del destino era Alemania (Vente a Alemania, Pepe, título de una película que en clave de humor y melancolía reflejaba el fenómeno), aunque hubo otros destinos que también eran vistos como la tierra prometida. Suiza, Bélgica y Francia en Europa, e interiormente Cataluña y Vascongadas, recibieron mano de obra extremeña y andaluza sobre todo. Claro, que el camino ya estaba aprendido y fue abierto por gallegos y asturianos que se fueron a hacer las Américas, y de los cuales muchos volvieron podridamente enriquecidos y se les puso el remoquete de indianos. El más significativo sería, sin duda, Antonio López López, a quien Alfonso XIII concedió el título de marqués de Comillas. Tan es así que aún en Argentina se denomina gallego a todo español que por allá desembarque.
En la década de los sesenta se produjo uno ordenado efecto llamada, denominación muy posterior a esos años. Es decir, un individuo de una localidad concreta llegaba con contrato de trabajo previo a una localidad concreta de Alemania, y realizaba la llamada a todos sus paisanos para que se fueran allí a buscar la prosperidad. Vente a Alemania, Pepe.


Pero aún se producía más el efecto llamada cuando estos inmigrantes, mano de obra, clase obrera ya inexistente, que las pasaban peor que el que se tragó los trébedes, volvían a las fiestas de la patrona de su pueblo conduciendo y mercedazo, seguramente alquilado. Y más efecto se producía cuando el emigrante volvía con los ahorros suficientes como para montar un negociete que le arreglara la vida.
Por no alargar la cosa, sólo reseñar que en la década de los ochenta se produjo el fenómeno contrario. España, paraíso del ladrillazo y del papeles para todo, fue país receptor de africanos (del norte y del sur) y de americanos (fundamentalmente del sur). Vinieron a realizar trabajos que los de aquí casi despreciaban. Pero también huían de la pobreza para venir a la abundancia.
No es difícil adivinar que ahora se ha producido el efecto huída. Se nos van con el rabo entre las piernas, con la hipoteca y el coche sin pagar y con el banco en los talones. En las grandes ciudades, sobre todo Madrid, cierran la puerta del piso impagado, se montan en el coche impagado que abandonan en el aparcamiento del aeropuerto, se montan en el avión cuyo pasaje sí han pagado, y regresan a toda pastilla a su país, de nuevo a la pobreza porque aquí son más pobres que allí. Y que el banco de la hipoteca y la financiera del coche les echen un galgo que los busque en Bolivia, es un poner.
Se trata de historias fracasadas, que comenzaron siendo prósperas, esperanzadoras. Se trata de personas que se dejaron los lomos en las obras de nueva construcción, y que de nada les ha servido.
Las cifras son contundentes y apabullantes. En los nueve primeros meses de 2012 se han largado de España más de 420.000 personas. Ahí es nada. Pero no es lo peor. De esa cantidad, más de 54.000 personas, son españoles. En el último mes de septiembre se registraron casi 7.000 salidas de españoles al extranjero, pero a trabajar, no de turismo.


El fenómeno de hoy no se diferencia en nada de las migraciones producidas a causa de las glaciaciones. Bueno, sí, se diferencia en un detalle de nada. En las glaciaciones había, como mucho, un jefe de tribu, y ahora hay miles que no parecen saber dirigir a la tribu y no los llevan con ellos, sino que crean las circunstancias para echarlos de la tribu, quedarse abrigaditos en la caverna y dejar a la intemperie a sus conciudadanos.
Uno, en su cortedad, ignora si esta crisis que provoca tan gran emigración está bien o mal gestionada. Lo que no ignora es que de cara al ciudadanito de a pie no se le dice o se le oculta lo que hay. Es totalmente necesario que, además de exigirnos sacrificios, se nos diga exactamente dónde estamos, dónde debemos llegar, cuál es el camino a recorrer y cuándo llegaremos a ese destino. Y es precisamente lo que no nos dicen.
No es nada ilusionante el mensaje que nos están transmitiendo, no es nada esperanzador caminar a tontas y a ciegas, estar a la espera de lo que se decida en la última importantísima cumbre europea, porque todas son importantísimas, pero a la postre nada de nada.
Es evidente. Necesitamos un jefe de tribu que nos acompañe a los terrenos cálidos, que nos anime en la dureza del camino. Que nos ilusione. Y no lo hay.
Y donde escribo jefe de tribu, que cada uno escriba lo que quiera: gobierno, oposición, sindicatos, regionalistas e independentistas. Lo que quiera, todos al mismo saco.
Y lo malo es que se nos va el talento, los mejores preparados. Y de seguir así, nos iremos todos, Merkel mediante.
Y al final, ya se sabe: el último que apague la luz.

Curro Guadiana
Comments