INDIGESTIÓN


Frío de diciembre que arrebata sonrisas y conciencias. Aterido al miedo del hoy que nos alimenta de realidades agrias. La sociedad, canción que no encuentra su ritmo. Notas discordantes que no encajan ni con un estribillo machacón. Alegato de sorpresa ante la gestión del día a día.
Por todo ello conviene, de vez en cuando, un homenaje de espíritu y carne. No viene nada mal para sobrellevar los rigores del crudo invierno. Argumentos a los que nos tenemos que aferrar para olvidar cualquier mala tempestad. Que la vida esta para disfrutarla, para vivirla por muchos problemas que nos acucien. Por la inconsistencia decrépita del que yerra sin responsabilidad. Noche cautiva de ilusiones en la lisonjera cara de la luna. Pero amigos, eso no lo podrán borrar. Debemos alimentarlo para sopesar cualquier consecuencia y modo de vida.
Por eso, con  el estómago lleno hasta la náusea. Las horas diurnas de la urbe empacharon la concavidad limitada de mi víscera. Con el aplomo de un poleo menta serene el espíritu mientras cercioraba que la materia era voraz. La ansiedad insaciable y el sentimiento de culpa imborrable. Había comido como hacía lustros. La diferencia era la edad. Ya no era un chaval y no necesitaba comer en exceso. Sólo tenía que mantener el espíritu de la imaginación. Ejercicio que en esta sociedad decadente y corrupta muchas veces te imposibilita la necesidad coherente de un trago de libertad.


Con este ejercicio de humildad y rara coherencia en mi, cargué con el pecado de la ansiedad y de la gula. A lo cual a un instante de flash en noche oscura y con la caterva de los hampones sirviendo a la impunidad de las fechorías que se esconden en el doblez de la luna, hallé las preguntas incontrolables e inconsolables.  
¿Cómo es posible que en un estado como el nuestro el bienestar se halle instalado en un promontorio de duda y falsedad?   
¿Cómo es posible que la legalidad de un estado de derecho vulnere y conculque los derechos esenciales que rigen una sociedad democrática?  
¿Cómo es posible que nos hayamos convertido en una república bananera al servicio de los poderosos y que incomprensiblemente aún no se encuentren satisfechos?
Parece ser que la gula financiera ni mata ni condena ni sacia a los gerifaltes que hacen de su ejercicio modus vivendi.
Y yo, me preocupo de la opulencia del banquete de hoy. Evidentemente, no puedo regurgitar lo que he comido. Pero sí, puedo parar, calmar la ansiedad de la gula. Acaso ellos, ¿no podrían parar en su loco frenesí y verse hastíos de todo?. Ya que, tan ni siquiera quieren devolver lo que han robado con la impunidad de una virgen vestal y con la inquina de un soberbio insatisfecho.
Dónde habrá dejado la madre Estado el medicamento que evita estos malestares estomacales y expulse a estos microbios y virus tan perjudiciales para la salud y para nuestros bolsillos maltrechos. Será que he tomado mucha absenta y estoy delirando.
Perdonen mi indisposición. Tengo que dejarles. No puedo ni debo continuar porque estas arcadas me retuercen. No vaya a ser que les salpique o les manche sus conciencias. Hasta la semana que viene. Disfruten de mi ausencia.



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