LA REFORMA DEL CÓDIGO PENAL


Si la reforma del Código Penal se produce por clamor popular, si estaba en la cartera del programa de gobierno del PP, si ha tenido que llegar Gallardón al ministerio de Justicia, está por ver. Pero lo evidente es que se ha producido y con menos profusión comunicativa de la que debiera. Quiero decir que los análisis publicados, por técnicos, no son bastante comprensibles para la gente de la calle y los doctrinos como yo. De modo que escribir esta columnilla es meterme en pan de trastrigo y, seguramente, una metedura de pata.
Pero es cierto que cuando llega esta reforma se están produciendo hechos que están en bocas de todos y que producen más escándalo que dolor, aunque no se ha de negar que algunos de esos hechos llegan profundamente al sentimiento del común de los mortales.
A cualquiera le parece escandaloso que los asesinos de Sandra Palop estén sueltos y cometiendo delitos sin posibilidad de redención. Aunque debemos tener claro que la prisión no sólo tiene sentido de pagar una culpa, sino la de reinsertar al reo a la vida normal.
Y posteriormente, la reforma tiene un carácter popular a causa del malamente resuelto asesinato de Marta del Castillo, cuyo padre ha revuelto Roma con Santiago para conseguir que el caso no se cierre y presentar en el Congreso las firmas necesarias para que se realice la reforma. Ignoro si sus dos objetivos están cumplidos, pero lo cierto es que sigue vivo ese asesinato, y el padre se congratula por ser el promotor de la dicha reforma.
Pero la reforma llega con dos casos lacerantes que están causando escándalo social en uno, y dolor en otro.

La incurable y seguramente mortal, según las informaciones, enfermedad de Bolinaga ha provocado todo tipo de comentarios, sobre todo entre los nada partidarios, que los partidarios bien se han encargado de presentarlo como mártir de un sistema social que nada entiende del otro sistema violento y asesino de sus partidarios. La situación de su salud ha ido de gobierno a tribunal, de tribunal a jueces, de jueces a forenses y no sabemos qué más. Mientras, la ciudadanía se preguntaba, indignada, si este Bolinaga había consultado con alguien sus asesinatos o había dado una segunda oportunidad a Ortega Lara, a quien estaba dispuesto a dejar morir de hambre y así hubiera muerto si no es descubierto y liberado por la Guardia Civil. Y mientras el tema Bolinaga iba de tribunal en tribunal, de forense en forense, de conversación en conversación, las televisiones no dejaban de emitir el horripilante estado en que se encontraba Ortega Lara en el momento de su liberación, que tampoco hay porqué ocultar.
Y uno reflexiona si en este tan cacareado Estado de Derecho se ha tenido en cuenta lo suficiente si Bolinaga, como todo ser humano y por muy asesino que sea, no merece los cuidados curativos o, en su defecto, paliativos que le alivien su enfermedad y dolor. Y finalmente, si Bolinaga merece, como cualquier persona, una muerte digna. Pues si lo merece, asunto que no dudo, decídase de un golpe dónde, cómo y cuándo comenzarán esos tratamientos y se confiera al caso menos dramatismo y menos o ningún minuto mediático.
Dolor, inmenso dolor, produce a la ciudadanía la desaparición y posterior descubrimiento del asesinato e incineración de José y de Ruth. Un proceso largo, inmensamente largo en el sufrimiento de sus familias, hasta que una parte de ésta comienza su cierre con el encargo de concienzudos estudios a un antropólogo de prestigio y a un forense no menos prestigioso. De no haberse encargado esos estudios, seguiríamos pensando que en aquel horror de horno crematorio sólo había ratones y pajaricos. Y aún se ignora si los restos humanos encontrados, y de los que se ha averiguado incluso la edad, serán suficientemente elocuentes para que digan si realmente son los de Ruth y José.
Y estas terribles circunstancias, llega la reforma del Código Penal, bajo la que parece que casos como éstos serán bien castigados y penados. Pero no serán prevenidos ni evitados.


Por un lado, se introduce la prisión permanente revisable. Un reo puede permanecer entre 25 y 35 años en prisión, tras los cuales se establecerá un sistema de revisión cada dos años. Este sistema se aplicará cuando la víctima sea menor de 16 años o especialmente vulnerable, entre otros. Perfectamente aplicable para el autor del asesinato de Ruth y de José. También se aplicará a los homicidios terroristas.
Se contemplan otros casos, no menos importantes que los citados. Pero se echa de menos, hasta donde me alcanza, otros castigos que son de clamor popular. Tales como las penas a los que han colocado hipotecas en divisas, a los que han vendido preferentes a incautos ahorradores, a los que han permitido la construcción de ruinosos aeropuertos “peatonales”, a los que han llevado a la quiebra a entidades financieras, sobre todo a cajas, a los que han concedido y recibido subvenciones inútiles, a los que, en fin, por su mala praxis económica y financiera nos ha llevado a la calamitosa situación de pobreza por la que estamos atravesando.
Y no hay más espacio, porque dan ganas de seguir escribiendo sobre jueces y tribunales variopintos.
El caso es que llego al final no he caído en las tentaciones actuales de los plumillas, y no son otras que la dedicar unas líneas a Esperanza Aguirre y a Urdangarín.









Comments