LA TRANSPARENCIA COMO HÁBITO


Los casos de mala o pésima administración de fondos ajenos son tan antiguos como el mismo existir. Parece que no es fácil estar a cargo de los fondos dinerarios de otros y resistir la tentación de meter la mano en el cajón o en el bolsillo del vecino, siempre en beneficio propio.

El estamento del sector público, en los últimos tiempos, ha sido especialmente sensible a estas deficiencias administrativas, llegando incluso a casos de escándalos tan flagrantes que han terminado con sus protagonistas en las cárceles. Sobre todo en aquellos casos en que los fondos públicos son administrados por cargos políticos electos o nombrados.

El sector privado no está lejos, y algunos administradores del capital accionarial también han sido juzgados y condenados. Fácil es recordar casos como Rumasa, Banesto y ahora Nueva Rumasa.

Los administrados, como es lógico, han puesto el grito en el cielo y exigen a gritos la honradez debida. Pero parece ser que la honradez de los administradores se mueve en una fina línea hipotética que divide lo legal y lo ilegal. Pero este grito va más lejos. Además de justicia y honradez los administrados exigen que todos los fondos sustraídos, malversados o mal utilizados sean restituidos a sus cajones por aquellos que se los llevaron.

Al fin, todos los estamentos que manejan fondos ajenos, y que por ende, ya son sospechosos casi por definición, se apresuran a redactar su Código de Transparencia y Buen Gobierno y se insinúa esa misma exigencia a los más altos estamentos del Estado. Y en este punto todo parece bien y bondad. Oyendo a esos primates hablar de estas cosas, parece que comienza una nueva época honrada, limpia y transparente.

El papel todo lo aguanta. Y la palabra, casi. Fácil es adivinar que la transparencia en la gestión de fondos no es un magnífico documento maravillosamente redactado y lleno de buenas intenciones que se luce profusamente en webs, memorias de actividades, documentos internos y externos y en cuantos soportes se puedan imaginar.

La transparencia es un hábito de gestión integral que se ejercita diariamente en base a una actitud personal y profesional que lleva indefectiblemente a no ocultar siquiera el tiempo empleado en el desempeño de una función asalariada por otros, bien sea remunerada por el erario público, por el capital y rentabilidad de accionistas o simplemente por un empresario. Si se cumplen esos requisitos y nada hay que ocultar, sobran todas las redacciones de códigos de buen hacer.

No han descubierto la ética como modo de comportamiento del deber ser. Está más que descubierta.

No son ajenas a estas buenas prácticas las fundaciones de empresas privadas, sobre las que la Fundación Compromiso Empresarial realiza desde hace tres años un estudio encomiable sobre la transparencia de su gestión. Lógico. Esas fundaciones se nutren económicamente de la dotación de su fundador, de donaciones particulares o empresariales e incluso de subvenciones públicas. Su transparencia, al igual que la transparencia y buen hacer de las empresas y de los organismos públicos, debe ser intachable. Y precisamente las fundaciones de empresas cotizadas no salen muy bien paradas en dicho estudio.

Con el ejercicio de la honestidad institucional, corporativa, personal y profesional, sobran códigos y normas. Y al que se salga de la linde, la ley está para que se ponga es su sitio.

Y que Dios salve al IBEX y a la Prima.


Curro Guadiana

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