LAS MEDALLAS DE EXTREMADURA



Aun no siendo un tema delicado, pero sí importante, el que ocupa hoy esta columnilla, y antes de entrar en enjundia, no está de más recordar y dar un repaso a los distintos galardones y distinciones que se vienen concediendo a lo largo y ancho de España.
A fuer de no ser exacto por inexperto, se debe hacer referencia a lo que llamaría “distinciones oficiales” y son aquellas que concede el Estado español a personas e instituciones por los méritos adquiridos por uno u otro motivo. Se suelen conceder tras una propuesta realizada por alguien que desemboca en un expediente o información que se eleva a los órganos de gobiernos que rigen esas condiciones, siendo el más elevado el que juzga la concesión de las Cuatro Órdenes Militares, cuyo Gran Maestre es el Rey. Y la más elevada de todas, sin duda, es el Toisón de Oro potestad exclusiva del Monarca. Del mismo modo, corresponde al Monarca la concesión de títulos nobiliarios.
Otro tipo de condecoraciones, que infieren al condecorado tratamiento de excelencia o ilustre, también son muy preciadas. Tales como la Gran Cruz de Carlos III, la del Mérito Civil, etcétera. Aunque para llegar a obtenerlas hay que pasar un proceso poco sencillo que suele culminar con el otorgamiento de la distinción al proponente.
Corresponden estas distinciones a lo que podríamos llamar Derecho Premial, del que poco he de escribir porque poco sé, y porque bien escrito está por Escalera y García – Mercadal, ambos expertos en estos asuntos.
A partir de este entramado perfectamente regulado y reglado, se han establecido una multitud de distinciones regidas por sus propias normas y jurados, y que van desde los prestigiosos Príncipe de Asturias hasta los hijos adoptivos o predilectos del más remoto villorrio o la concesión de una calle. Y a propósito de la calle quiero recordar las diversas propuestas en el Consistorio de Pereruela de Sayago (Zamora) para que una calle de esa localidad llevara el nombre de Amando de Miguel, de la que es natural. “¿Qué ha hecho el Amandico por el pueblo?”, se preguntaban los opositores. “Poner el nombre de nuestro pueblo en lo más alto”, respondían los partidarios. Y en esa discusión continúan y el profesor de Miguel sigue sin calle.


Muy significativa la anécdota, que puede llevar a la conclusión de que en la concesión de distinciones, incluso de las más elevadas, puede haber una cierta predilección que convierte, si no en injusta, sí en sorprendente la concesión. Con un ejemplo está explicado. En 2005 fue acertadamente concedido el Príncipe de Asturias de la Concordia a la Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, y no hubo objeciones por parte de ningún sector. Pero en 2003, y en la misma categoría, le fue otorgado a Joanne Kathleen Rwling, autora de Harri Potter, excluyendo la candidatura de Aldeas Infantiles SOS, quizás más propia para obtener el galardón en esa categoría.
Las Medallas de Extremadura (instauradas 1986) tienen ya una larga trayectoria que las imprime una cierta credibilidad. Prácticamente son potestativas del presidente de la Junta, que escucha y consulta sobre las diversas candidaturas. Pero bien es cierto que estas candidaturas reciben numerosos apoyos que, en algún momento, pueden convertirse en presiones.
Y en este punto he de valorar, más que narrar lo que cualquiera sabe. He formado parte de algún jurado de este tipo (pocos) y en ellos se ha impuesto la cordura de elegir para la distinción a personas que han realizado acciones por el bien de su ciudad, autonomía, etc. sin buscar su interés personal y pretendiendo sólo el beneficio de sus conciudadanos, incluso viviendo lejos de los lugares que habían de distinguirles.
En este grupo último incluyo las Medallas de Extremadura concedidas en 2012. La intensa labor callada de Delfín Hernández, la labor musical por Extremadura realizada por Miguel del Barco, el paseo mundial que Quadra – Salcedo ha dado a Extremadura y a sus hombre, o el esfuerzo literario callado, aunque reconocido, realizado por Víctor Chamorro, bien merecen la Medalla y nada hay que objetar. Bien es cierto que la Medalla de Víctor Chamorro se barruntaba hace algunos años y que no se han tenido en cuenta sus candidaturas anteriores. Es lo que tiene ser “políticamente incorrecto”.
Y por último, no puedo sino alabar la concesión de la Medalla a las Hermanas Servidoras de Jesús en los enfermos pobres del Cottolengo del Padre Alegre que desde hace 60 años, nada menos, realizan una extraordinaria labor humanitaria y caritativa en la alquería de La Fragosa, en las Hurdes.
En mi opinión, cumplen todos los requisitos para recibir la Medalla de Extremadura como principio de otros más altos galardones que sin duda ellas no pretenden.
Y el que esto escribe habla con conocimiento de estas abnegadas y entregadas mujeres. Allá por el verano de 1967 (Lino, corrígeme si me equivoco) tuvo la suerte de pasar una temporada con ellas ayudando en lo que podía, que era más bien poco. Me tocó pintar unas dependencias recién construidas y que necesitaban con urgencia. El sacerdote de entonces, Francisco Valiente, también tiró de brocha y entre tres personas terminamos el obrazo en fecha y forma, aunque me temo que no en calidad.


Entre brochazo y brochazo, también echaba una mano en lo que podía, servir comida o sacar a la hermosa terraza a aquellos que no se valían por sí mismos. La mayoría de las monjas eran catalanas, y las más mayores se expresaban torpemente en castellano, lo que no fue óbice para que nos entendiéramos perfectamente y para que, incluso, nos enseñaran algo de catalán. La convivencia era alegre y sencilla, pero muy profunda.
La despedida fue trágica. Algunos enfermos, en lenguaje casi ininteligible, hicieron discursos. Otros bailaron alguna danza. Incluso hubo quien, bien instruido por las monjas, nos regalaron un puro.
De vuelta, camino de Plasencia, al llegar a Caminomorisco, los dos compañeros que fuimos tuvimos unas ganas enormes de volver y quedarnos. Pero no podía ser. Se acercaba el comienzo del curso escolar y debíamos proseguir nuestros estudios.
Y voy a omitir las penalidades del viaje de ida, que tuvimos que hacer más de 10 kilómetros a pie, tras hacer noche en Casar de Palomero, porque no había más medio de comunicación.
He vuelto a La Fragosa, muchas veces. Y siempre me han asaltado las ganas enormes de quedarme.
Las Medallas están en el buen camino o han tomado el buen camino. Y a continuar. Se han seguido criterios irreprochables, que ya quisieran seguir en el pueblo de Amando de Miguel.
Y perdona, director, por la longitud de esta columnilla y por meterme en camisas de once varas.




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