USOS, ABUSOS Y DESESUSOS


Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, hemos gastado más de lo que ingresábamos, hemos derrochado el dinero a espuertas. Y por eso lo estamos pagando ahora, con sudor, sangre y suicidios. Hemos usado en demasía de los bienes comunes y las facilidades que nos han dado y nos han encaminado irremediablemente al abuso. Ha llegado el momento del desuso, de privarnos de todo, de “hacer un nuevo esfuerzo” que es un magnífico eufemismo para decirnos que ingresaremos mucho menos, que gastaremos menos aún y que nos cobrarán más por todo.
Y sin pestañear, sin mudar el rostro, nos suben el IVA lo que lleva al encarecimiento de todos los artículos de primera necesidad como el alimento y el vestido. El consumo ha bajado por lo que la disminución de ingresos ha llegado a todos los sectores, incluso al Estado, que aún subiendo el porcentaje del IVA es menor la cantidad absoluta a ingresar. Parece ser que el turismo, primera industria de España, consigue mantenerse. Pero es cierto que es un sector vivo y que tienen que soportar el IVA para mantener precios e incluso para promocionarse con sustanciosas ofertas. Pero el mal general está hecho. ¿No será que nos han subido el IVA para que no abusemos del consumo, suframos privaciones y desusemos de elementos fundamentales para nuestra supervivencia? Si así fuera, está conseguido el objetivo.
Somos demasiado abusones. Con la tarjeta sanitaria del abuelo, se nutre de medicinas toda una familia. Hay que poner coto a este desmadre. Comenzó el Ministerio de Sanidad cobrando a todo el mundo, jubilatas incluidos, un porcentaje del valor de los medicamentos. Pero en algunas regiones se sigue abusando, y cobran un euraco por receta extendida por el médico. Primero Cataluña, y en un mes lo hará Madrid. Es posible que Cataluña cometa ese desafuero para pagar las residencias de la tercera edad, que están tiesas sin recibir sus honorarios. Y lo de Valencia es más grave: las farmacias al borde del embargo y la quiebra porque la Comunidad no las abona lo correspondiente. Pero está claro, si desusamos las necesarias medicinas y los necesarios tratamientos, hincamos el pico, bajará el gasto farmacéutico y no se pagan pensiones. A elegir.


No hace muchos días coincidí en la farmacia con un jubilado. Tuvo que pagar algo más de tres euros por sus medicinas. Con la farmacéutica, muy amable, hicimos cuentas de lo que pagará en enero: salieron más de catorce euros. Es que el pobre hombre es un abusón y lo tiene que pagar.
Los funcionarios abusan demasiado del cafelito y del periódico (Beteta dixit). Pues que lo paguen, se rebaja el sueldo un cinco por cien y se suprime la paga de diciembre. Listos. ¿No será que la administración pública está sobredimensionada con interinos, temporales o nombramientos a dedo?
Y de la educación también abusamos, la usamos demasiado. Pare restringir estos abusos se suben las tasas académicas, se restringe el acceso a becas y se hunden las ayudas de comedor escolar. Y esto último es trágico. Algunas instituciones no lucrativas han instalado comedores para que muchos escolares hagan por la tarde una comida caliente y no se vayan a la cama sin cenar. Es evidente, todo esto se sube para evitar los abusos, no para subir el nivel educacional. Pero resulta que el coste por alumno en la enseñanza concertada tiene un coste bastante menor que la pública. Parece que la gestión ministerial y autonómica es bastante deficiente.
No hay que seguir enumerando más desatinos. Porque ahora nos llegan las tasas judiciales. La justicia es lenta porque abusamos de ella. Recurrimos una multa de nada que nos puede suponer varios puntos del permiso de conducir. Pero abusamos, y si no que pregunten a las chillonas de ciertos programas de televisión que se ponen querellas entre ellas día sí y día no. Pero entonces, ¿por qué los primeros en protestar han sido jueces, abogados y personal de justicia? ¿No vendrá esa saturación de la falta de medios técnicos, informáticos, archivísticos, tan necesarios en la gestión actual? ¿No habrá que meter mano a métodos y sistemas?
La cuestión es que nos culpan a todos, que nos cobran lo que otros han roto. Y de muestra, y por no ser prolijo, basta un botón.
No hace mucho tiempo el Tribunal de Cuentas, institución estatal más que autorizada y profesionalizada para realizar auditoría de las cuentas públicas, emitió un amplio y jugoso informe sobre el famoso Plan E de Rodríguez Zapatero. El resultado es aplastante y decepcionante. En el setenta por cien de los expedientes no se acreditó las necesidades de la inversión, requisito básico para la adjudicación y que acredita que los fondos públicos se destinen a un fin necesario. Se crearían 200.000 puestos de trabajos, directos o indirectos, pero un año después sólo el cuatro por cien de los contratados continuaba trabajando para el empleador. La transparencia fue nefasta, sólo el diecisiete por cien de lo contratado salió a concurso público. Y se puede decir más, pero excesivamente exasperante para los que pagamos impuestos.


Hacen falta buenos gestores, transparencia y sostenibilidad en las inversiones públicas. Porque el afán de privatizaciones que se está mostrando, no muestra sino un reconocimiento expreso a la efectividad de la gestión privada frente a la pública.
Y si hay que buscar culpables, búsquense entre los ejecutores de los actos públicos y entre los administradores de los erarios públicos, no entre los contribuyentes. Porque al final estamos pagando todos.
Y nadie se va. Para que en un ayuntamiento, como el de Madrid, se produzcan dos ceses fulminantes y una dimisioncita, porque el susodicho no se ha ido del todo, ha sido necesario que se produjeran las cuatro trágicas muertes de una nefasta fiesta masiva, de la que hoy sabemos que se superó el aforo. Mejor sería que se descongestionaran los juzgados para ser ágiles en estos casos.
De cualquier modo, yo pondré el Belén (me he cuidado mucho de no escribir “montaré el Belén”). Y colocaré en su sitio el buey y la mula, aunque algunas voces dicen que están en desuso. Aunque bien es cierto que por el excesivo uso de hace años, la mula tiene una oreja rota y el buey tiene el rabo hecho trizas. Ellos no se quejan desde su mudez de barro pintado y no me piden que los desuse por mi excesivo abuso.

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