VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE



El titular que encabeza esta columnilla va más bien destinado a mantener fieles a las dos lectoras y al lector que me siguen. Sería una tragedia perderlos y tener que cerrar por falta de lectores. Porque si para García Márquez el coronel no tenía quien le escribiera, este soldado raso no tendría quien le leyera. Y eso sí que no, mire usté, con el trabajito que cuesta hilvanar unas ideas y ponerlas sobre el papel. Y es lo que tiene meterse a escribir, que es más fácil poner la música que la letra.
Hace pocos días apareció en la prensa la noticia de que la Sociedad General de Autores y Editores, más conocida por SGAE y por los escándalos financieros y del trinque de su anterior directiva, reclamaba la nada desdeñable cantidad de algo más de diez mil euracos de mi alma a un ayuntamiento cacereño de relativa entidad por obras interpretadas en los actos culturales organizados por el aludido ayuntamiento en los ejercicios 2008 – 2009. Ayer, como quien dice. Se trata de una notificación previa a la reclamación judicial. Que os rascáis el bolsillo voluntariamente o, de lo contrario, os empuro en el juzgado, o sea.
El ayuntamiento lleva el asunto a pleno, y se niega a pagar. Y justo es decir que en la votación no hubo unanimidad, sino que un grupo político tuvo la honrada desfachatez de abstenerse. Si es que hay algunos que mienten con mucha sinceridad.

Y no es que este plumilla niegue que el artista deba vivir de su obra. Ni mucho menos. Para eso trabaja, se prepara, experimenta e intenta realizar una obra expresiva (no expresionista). El escritor escribe para ser leído por cuantos más lectores mejor y para cobrar por su obra. Y el pintor pinta para exponer sus cuadros y venderlos al mejor precio posible. Y el editor y el expositor requieren su parte porque para eso se juegan sus cuartos.
Y justo es también que el artista quiera dejar su herencia en dos sentidos: la permanencia de su obra a través del tiempo (vida después de la muerte) y sus derechos de autor a sus herederos.
Pero lo que no es de recibo es que una familia fuera propietaria de la partitura del Himno Nacional, marcha de granaderos regalada a Carlos III, y que cada vez que se interpretaba hubiera que soltar la mosca a esos propietarios. Hasta que un gobierno de Aznar adquirió esos derechos y quedaron en propiedad de todos.
A un ayuntamiento, en los tiempos que corren, le cuesta mucho trabajo y dinero organizar actos culturales, que son de los que habla la noticia. No habla de verbenas populares o chirigotas carnavalescas. Y para eso, para llevar la cultura a su municipio y a sus ciudadanos, las facilidades deben llegar desde todos sitios. Incluso desde la SGAE, o bien cobrando tasas más bajas o incluso no cobrando nada.
Además, el artista aspira, o debe aspirar a que su obra sea muy conocida, incluso a que sea popular, a que se convierta en cultura popular, no del pueblo. Es decir, a que se obra sea adoptada por el pueblo como si fuera propia, o incluso a que se convierta en folklor. Y este no es el camino. No sé si la solución estaría en que los artistas cobren según los fines para los que sean utilizadas sus obras. Doctores hay que puedan dictaminar sobre el asunto. Pero no se soluciona con una ley Sinde que impuso el “café pá tós”. Pero parece bastante inapropiado cobrar el todo, y no niego la parte, cuando se trata de la difusión y divulgación de la cultura.
Es muy de desear que los herederos de Gregorio Rubio “Goro” autor de casi todas las letras del chiviri, y los de Joaquín Cuadrado y José Iglesias, autores de la Salve trujillana, no sigan esta senda. De lo contrario, veo que todos los que acudimos a estos festejos, y somos miles, nos vamos a tener que rascar el bolsillo en la Arco de Sillerías antes de acceder a La Plaza. O mejor, seguimos estas fiestas por las teles y que sean ellas las que acoquinen la pasta. Una Salve con La Plaza vacía y todo hijo de vecino cantando desde casa. Conmovedor.

Curro Guadiana
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