EL HOMBRECILLO
Cuando le vi pasear agarrando su garrota con el pulso quebrado, me acorde de aquel hombre años atrás.
Lo primero que me vino a la mente fue su voz fuerte y clara, ahora casi no era capaz de hablar, lo único que hacía era balbucear y había que arrimar mucho la oreja a su boca para entender lo que decía. Qué pena, pensé. Si este es nuestro destino, que seguro que lo es, prefiero que me dé un "yuyu" mucho antes.
Volviendo a recordar a nuestro hombrecillo, me dijo:
-¿No tendrás un cigarrillo para darme?
- No señor, no fumo, le contesté. Puso tal cara de pena que me dieron ganas de volverme de una carrera al pueblo y comprarle un paquete de tabaco, pero no, no lo hice, y menos cuando me dijo que le daba igual, al contrario, mejor porque le tengo prohibido por mis hijos y nietos, no quieren que fume, me sienta mal después.
- ¿Donde están sus hijos?, le pregunté.
- Viven lejos de aquí. Vienen de vez en cuando a verme y alguna vez me llevan con ellos.
Miré detrás del viejecillo y vi un edificio enorme. Enseguida comprendí que aquello era una residencia de ancianos.
- ¿No está usted muy retirado de su casa ?
- Que va, esa no es mi casa. Yo vivo en un pueblo que tiene más de 40.000 habitantes, allí tengo una casa enorme, con un huerto, con un pozo, una piscina que construimos entre mis hijos y yo, en la que ahora se bañan mis nietos.
- ¿Y cuántos nietos tiene ?
- Tengo 4 nietos, dos niños y dos niñas, son preciosos, me quieren un montón.
- ¿Vienen a visitarle a menudo?
- Si, bueno... No, hace bastante que no vienen, con el colegio andan siempre de exámenes y no pueden venir.
A la semana de aquella conversación, volví a pasar por aquella residencia con la intención de volver a ver a aquel hombrecillo, no tuve suerte, solo ví a otro anciano bastante más grande que nuestro hombrecillo, me acerque a él y le pregunté si le conocía. La verdad que entre tanta gente y con las pocas explicaciones que le di, no supo decirme quien era ni si seguía allí.
Desde aquel día fue una obsesión volverme a encontrar con aquel hombre y, por norma, iba todas las tardes de paseo por aquel lugar para ver si tenía suerte y nuestros caminos se volvían a encontrar.
Un mes después y apunto de desistir en mi intento, vi a lo lejos la silueta de un hombre que se parecía a nuestro hombrecillo. Aligeré el paso un poco nervioso por si era él y justo al ponerme a su altura, volteó la cara para mirar quien venía detrás , era él.
- Hola, le dije.
- Hola, me contesto casi sin ganas.
- ¿Se acuerda de mi?
- No, ¿quien es usted?
- Hace algún tiempo pase por aquí y estuvimos hablando bastante rato, usted me pidió un cigarro y me estuvo hablando de sus hijos y sus nietos, ¿no se acuerda ?
- No, yo no era porque yo no tengo hijos ni nietos y tampoco fumo, se ha confundido usted.
Al principio me quedé un poco descolocado. ¿Será verdad que no es él?, me pregunté. Le volví a mirar y fue entonces cuando me di cuenta de que yo no estaba equivocado, estaba seguro que era él.
Él continuó andando, como si no se diera cuenta de que yo seguía allí a su lado, un poco confuso. Le volví a repetir que si estaba seguro de que no se acordaba de lo que hablamos aquel día. Paró su lento caminar, se volvió hacia mí, me observó un rato y al fin dijo: ¡Hombre! Tú eres mi nieto, ¿no?
Ahora sí que me acabó de desconcertar. Este hombre no está bien, pensé.
A lo lejos vi venir una monja andando bastante deprisa que venia en su busca. Traía cara de mal humor y al llegar a la altura de nuestro hombrecillo le dijo:
- ¿Otra vez te has escapado?
- No, le contesto el hombre.
- Cómo que no, si estas fuera del recinto de la residencia, le dijo la monja.
- No, hermana, estoy con mi nieto que ha venido a sacarme de paseo y a contarme qué tal le va la vida.
-Venga, tira para la residencia que tienes a todo el mundo buscándote. Usted perdone, me dijo la monja.
- ¿Perdón, porqué?, repliqué yo.
- Por si le ha molestado este señor, es que tiene Alzhéimer y se nos escapa cada vez que puede.
- ¿No tiene familia?, pregunté a la monja.
- Sí, pero hace mas de 3 años que no viene nadie a verle.
- Qué pena, le dije.
- Si usted supiera lo que llegan a hacer los familiares de muchos de los ancianos que tenemos aquí metidos no se lo creería, me contestó la monja.
Le pedí permiso para llevar al hombrecillo hasta la residencia, a lo que accedió la monja.
- Aunque no es necesario, dijo.
- No se preocupe, insistí.
Ayer como cada tarde fui a sacar a pasear a nuestro hombrecillo y al llegar a la residencia, la hermana me estaba esperando en la puerta. Con cara triste meneó la cabeza en muestra de disguto, al tiempo que comunicó que había fallecido. Sentí un dolor en el pecho como si me clavaran algo.
Cómo, cuándo y porqué, fueron las tres preguntas que me salieron entre lágrimas.
- Esta mañana le dio un infarto y no pudimos hacer nada.
- ¿Está aquí todavía?
- Sí, están sus hijos preparando los papeles para el traslado.
- ¿Puedo entrar a despedirme de él?, pregunté angustiado.
- No sé si es una buena idea, me contestó la monja.
- Pero ¿por qué? Yo no voy a decir nada a su familia. Si quiere me hago pasar como un trabajador de la residencia para que no me digan nada.
- Vale, entra.
- Me puse delante del féretro con lágrimas en los ojos, la monja estaba justo detrás de mí, y los familiares extrañados ante mi presencia le preguntaron a la monja por mí.
- Trabaja aquí y tenía muy buena relación con su padre, explicò la monja.
- Ah, pobrecillo, contestó el hombre más gordo de los tres que había allí sentados.
Cuando acabé de despedirme del hombrecillo, me di la vuelta para salir de aquella habitación y sentí como una mano me tocaba el hombro derecho. Me giré y vi al hombre que anteriormente se había apenado de mi.
- ¿Qué quiere?, dije.
- Nada, solo darle las gracias por ser amigo de mi padre.
- ¿Su padre? le pregunté. Si de verdad fuera su padre o, mejor dicho, si usted le quisiera como hay que querer a un padre, ¿acaso hubiera estado más de tres años sin visitarle?, le reproché.
- Quíteme la mano del hombro, por favor, y ahora salgan corriendo a repartirse las propiedades de su padre, porque para eso si le querrán ustedes como padre.
- ¡No sigas!, escuché la voz de la monja. Me lo has prometido antes de entrar.
- Es verdad, lo siento, yo no quería pero el dolor ante la mentira me ha podido.
Desde aquel día, todas las tardes voy de paseo al mismo sitio, y ahora me he hecho amigo de otro hombrecillo con el que paseo y hablamos. Tiene Alzhéimer también y su familia no quiere saber nada de el.
Sí, lo sé, me va a pasar lo mismo otra vez el día que se vaya, pero yo me siento feliz paseando con él y escuchando sus historias, ¿qué menos puedo hacer?
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