SON AQUELLAS PEQUEÑAS COSAS



Aunque parezca una tontería hay muchas diferencias de vivir en el pueblo a vivir en la ciudad como es obvio. Ayer me pasó una de esas cosas que hasta que no te ocurren en los dos sitios, no sabes cómo puedes reaccionar.
El trabajo de albañil en muchos casos puede ser duro, depende del trabajo que te toque realizar. Pero lo más duro de todo, sin duda alguna, es tener que currar en lugares donde hacer tus necesidades fisiológicas sean imposibles de realizar.
Estos años de atrás los pasé trabajando en el campo, y no me daba cuenta de lo fácil y sencillo que era ir “a tirar los pantalones”; que se te escapara alguna ventosidad de vez en cuando, siempre con respeto a tus compañeros y, en definitiva, poder hacer a tu antojo lo que quisieras.
Ayer, después de comerme una estupenda ensalada de pimientos rojos bien aliñada, me bajé al bar como todos los mediodías a tomarme un café. Normalmente lo tomo con leche, pero hacía calor y decidí tomarlo con hielo, sin acordarme de que, normalmente, me produce dolor de estómago y casi siempre toca ir al water. Yo continué con mi trabajo y me subí a la obra, que está situada en un cuarto piso, eso sí, tiene ascensor por suerte.


No llevaba currando ni diez minutos cuando el estómago empezó a desperezarse y a “hablar” de una manera poco ortodoxa. Me entraron unos sudores fríos al pensar que no me podía aguantar las ganas y allí en la obra, con los dueños allí viviendo y con cinco compañeros más, era imposible el evacuar. La solución era salir corriendo hacia el bar que me había despachado aquella bomba de relojería y dejarle allí “la prebenda”. Como buen observador días antes me había fijado que en el servicio no había papel, a así que es bueno llevar pañuelos siempre en el bolsillo.
Le dije a un compañero que iba a un recado y busqué la puerta del ascensor con mucha urgencia, demasiada para esperar a que aquel aparato llegara delante de mis ojos. Cuatro pisos son muchas escaleras pero tenía que intentarlo. Justo cuando empezaba a bajar el primer piso, escuché llegar al ascensor, así que volví sobre mis pasos y me monté en el. Eternos se me hicieron aquellos cuatro pisos, empecé a pensar que no llegaba al bar donde poder aliviar a mi estómago. Por fin se abrió aquella puerta y salí corriendo lo buenamente que puede uno correr cuando vas con una urgencias de ese tipo.
- Buenas tardes, me ponga usted un café con leche. Fui capaz de decir a la camarera del bar mientras enfilaba las escaleras que daban paso al baño.
Allí fui por unos momentos el hombre más feliz del mundo, mucho más que cualquier millonario que no sabe lo que es disfrutar de la vida por muchos millones que posea.
Me bebí mi café con leche después del alivio conseguido y me subí de nuevo a la obra, por el camino iba pensando lo bonito que es vivir en el campo y lo fácil que es realizar estas pequeñas cosas que todo el mundo, ricos y pobres hacemos por el mismo sitio.
Comments