NADA ES IMPOSIBLE


Ahora quiero contaros una historia de un tío que se creía que escribir era imposible para gente sin estudios; lo veía imposible. Pero un buen día, de la noche a la mañana, le dan la carta de despido en su empresa. Lo pasó mal, muy mal, jamás había estado nunca en esa situación, no salía a la calle por miedo al qué dirán. Su mujer, por suerte conservaba su media jornada laboral, también reducida como a tantos otros, pero él no estaba acostumbrado a verse en casa y su mujer trabajando.
Después de una semana dura, en la que no tenía ganas ni siquiera de llorar, se mentalizó para no seguir así, después de arreglar los papeles del paro y ver a tanta gente conocida en aquella oficina pensó que la solución no podía ser quedarse en casa de brazos cruzados.
La construcción no tenía futuro, todos los días escuchaba esa frase en televisión y radio, esa frase que le amargaba la existencia, al fin y al cabo, por desgracia, era el único oficio que sabía.
Después de hablar con su mujer la dijo que tenía pensado escribir un libro, que la historia la tenía en la cabeza, solo faltaba sacarla a la luz, escribirla en un papel y esperar a que a alguien le gustase y con muchísima suerte, poder publicarla. Ella, no estaba segura de su marido, pero verle en aquella situación la agobiaba, ¿porque no? se dijo, le daré ánimos para que tire "pa lante".
Los primeros días había mal ambiente alrededor del matrimonio: él se agobiaba al no escribir lo que quería; ella se agobiaba al verle tantas horas sentado delante de aquel ordenador, sin escribir apenas nada. El tiempo corría en su contra, el dinero del paro era y es insuficiente, tenemos que prescindir de muchas cosas para llegar a fin de mes. Salir los fines de semana era un lujo al que no podíamos hacer frente. “Mejor, más horas tendré para escribir”.
Paseos, muchos paseos solo por aquellos campos dándole vueltas a la cabeza, madurando el libro, cambiando el final, el nombre de los personajes, todo iba cogiendo color.
Capitulo 15 y ya veía el final del libro. Pensamientos de “lo tengo, lo tengo a huevo” y “lo siento, cariño, hoy me acostaré más tarde, no puedo dejar pasar esta oportunidad...”, eran lo habitual.
Tres de la mañana y las lágrimas mojaban el teclado. “¿Porqué me siento culpable? Yo no tengo la culpa que me despidan, ¿acaso no he cumplido con mi trabajo?”, se preguntaba.
El libro está acabado, miles de faltas de ortografía en él y la ansiedad se apoderó de el. “Así no, las prisas son malas”, se repetía para sus adentros. Preguntó a varios amigos, algunos de ellos en la misma situación que él, por desgracia: “¿me puedes ayudar?”, “claro”, dice uno; “por supuesto”, dice otro, y así, entre cinco, corregieron el libro.
Llegó el momento de imprimir el boceto en papel y las terribles ganas de que alguien lo leyera. La primera, su mujer, y es difícil que fuera objetiva, lo sabía, pero ella se merecía ser la primera lectora del libro.
“Me ha encantado”, fue su respuesta. Bueno, dio la importancia justa que puede darle al marido. A un amigo le encantó; otro cambió alguna cosilla; otro insistía en que tirase "pa lante" y él, en una nube, se soñaba con los personajes: alguno no quería acabar así en la novela, pero ya era tarde para cambiar el final. Era el final que tocaba.
Ahora solo falta el editor. En “aupaathletic.com”, cuántos amigos tenía, quizás más de los que mereciera. Abrió un post preguntando por un editor y ahí apareció su “ángel de la guarda”, sí, “el forero Trumoie” tiene una pequeña editorial.
“Pero si no me conoce de nada” pensó, “tan sólo compartimos equipo, aunque solo por eso ya somos diferentes del resto”.
Lo siguiente vino rodado: la foto de la portada, el escrito de un amigo, siempre Joseba, el editor, al tanto de todo, y le dijo: "no te preocupes por el dinero", y eso, en los tiempos que corren vale mucho. Una persona que no conoce de casi nada a otra, y le diga eso, debe ser generosa y tener un corazón muy grande.
Lo demás está a la vista, el día que recibí el libro no puedo disimular que lloré como un niño pequeño, llore de alegría, de ver como aquellas horas perdidas delante del ordenador habían valido para algo. Lloré porque ya no sólo sabía poner ladrillos, ahora también había escrito un libro, aunque tenía la duda de saber si iba a gustar o no.
Los cien libros encargados, prácticamente están vendidos, gente esperando a otra edición, muchas críticas y alabanzas, prefiero tener las dos cosas, las alabanzas en exceso pueden hacer cambiar a una persona, yo no quiero que me pase eso. Joseba empeñado en seguir ayudándome con las ventas, como si lo que ya me ha ayudado se le hiciera poco, (que ganas de vernos en Madrid, necesito darle un abrazo, me siento en deuda con el)
Hoy mirando de nuevo el libro, me he fijado en la encina que sembré hace tres años en la puerta de casa, y poco después han venido los peques del colegio y yo he vuelto a mirar mi libro, he juntado las tres cosas, aquellas que no se qué sabio dijo alguna vez que debía de hacer todo hombre antes de morirse...
Ahora, me podría morir a gusto. Pero, no, al sabio se le olvido incluir una cuarta cosa: ver al Athletic campeón. Ahora si que entrego la cuchara...



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