NO OLVIDES A NUESTROS MAYORES


A Paco Fresneda Minguez

Con el tono templado del otoño en la paleta de mis sensaciones. Pinto tu rostro y contemplo tu ironía con la pistola cargada de melancolía. Quizás con la carga emocional habilitada para dar un prisma objetivo a las cuentas existenciales de mi barba entrada en los cuarenta eslabones de mi rostro. Con el aprecio meditativo de nombrarte a cada rastro de mi existencia. Bebo tu mirada y contemplo los gestos compartidos. Derramo lágrimas y pronuncio tu nombre arrostrando la posesión que mejor ejerciste de sustantivo vestido y engalanado de diversos adjetivos. Iluminado por los adverbios que me enseñaste en actitud de vida: papa.
Con esa generosa actitud vitalista que nos caracterizaba, vuelvo a sentir la vida corriendo por mis poros. Después de años lastrados al consuelo de tu desconsuelo y ser mi objetivo casi único. Hacer de tu enfermedad nuestra victoria. Como así demostramos juntos y con pose de risa e ironía levantamos cada envés que los embistes de la sangre nos cercenaba. Cada espasmo de ictus soliviantado por cada pesadilla vivida, nos unía más haciendo de la derrota victorias pasajeras. Cada golpe revertido de lágrimas. Los destierros vitales cada vez más frecuentes. Nosotros nos mostrábamos cada vez más fuertes.
Ahora ya, hace año y ocho meses de tu partida. Precisamente hoy, enmarcado entre los convulsos días de la realidad ya no presentida. Es, precisamente, cuando vuelvo a regurgitar palabras que olvide. Compañías que ya solo eran presencias de sombras. Vuelvo a vestir los gestos y las actitudes que un día lleve con dignidad. Ahora que vuelvo a atrapar sueños y realizo la emoción de la risa. Ahora que, comparto palabras y tertulias. Tragos y amistad. Ahora que, me encalo de mi yo germinal y auténtico sin obviar tu recuerdo. Sino que es, ese recuerdo, el que me da más fuerza para enfrentarme al escepticismo que me asiste. Es tu rostro presentido, son tus palabras silenciosas y tus gestos los que me hacen comprender.

Pero, inevitablemente, tiemblo por los parias de la tierra. En este caso, parias como metáfora dirigida a los ancianos, a los enfermos crónicos, a los desamparados de cualquier condición. Recuerdo como te dieron años atrás de tu muerte la concesión del grado de incapacidad máximo. Aún habría que, pasar la tramitación para la concesión de la ayuda. Y por fin, vino una fría mañana sentimental del 28 de enero. Tú, ya partiste el día anterior. Siendo la impotencia y el dolor aún mucho mayor. Una larga tomadura de pelo a tus cincuenta años de cotización. Un agradecimiento al no haber tenido que cobrar nunca paro alguno. Y nunca, habías solicitado subvenciones ni ayudas. Con esa solvencia resolvieron tu enfermedad. Y es por eso que, me estremezco de pensar en los rumores y hechos que conciernen a la Ley de Dependencia. De los recortes y apoyos a nuestros mayores. Ellos que, lo dan todo sin pedir nada a cambio. Ellos que, vulneran la vida con su existencia como quieren hacernos creer. Cuando son motores económicos silenciosos en los tiempos habilitados. Son sustento familiar con sus pensiones, del futuro y el presente de los suyos. Ahora quieren quebrar lo que tanto se vanaglorian y enaltecen: la familia. En la práctica, la están desmotivando. La garante de determinados valores que se están perdiendo la están condenando.
Y pienso en las personas solas, en los indefensos. En la labor de Cáritas y otras organizaciones no gubernamentales. Pienso en las soflamas políticas y en la barbarie societaria de un país que no defiende a los mayores. Los que dieron y dan tanto a los nuestros. Pero como en la película, “Uno de los nuestros” habrá de ser uno de los suyos y desembarazarse de dependencias. Compren enfermedades pero no las contraigan porque para algunos será su condena última. No quiero ser agorero de ancianidades privativas y desvelos en los ojos desterrados.
Quizás nos llamen demagogos sin saber que los hechos lo demuestran. Por eso, atisbo tu mirada y tu pose a lo Richard Widmark para afrontar con la mayor de las chulerías y dignidad lo que nos quieran echar encima. Aunque muchos, huirán con sordos lamentos por el sumidero de los cobardes, olvidando a los suyos porque pondrán de excusa los hijos.
Hasta la semana que viene. Disfruten de mi ausencia pero no de la de sus mayores.


Fco. Javier Fresneda Diadosa
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