TIEMPO DE REFLEXIÓN

                                                                                                    

Desde la antigüedad hasta nuestros días, se mantiene la tradición de cerrar con los carnavales y enterrar simbólicamente con la sardina, el ciclo de las banalidades o fiestas lúdicas para entrar en otra etapa de menos complacencias, mas interior,  más espiritual y reflexiva, como es el tiempo de Cuaresma (cuarentena), que nos invita a profundizar en nuestro interior y a examinar nuestra conciencia. Cuarenta días que inauguramos el miércoles de ceniza, que viene a recordarnos que no somos nada, solo polvo de aquel barro…. Cuarenta días; los mismos que  Jesucristo pasó ayunando y  meditando penitente en el desierto. En definitiva, un tiempo de reflexión y penitencia que finalmente nos lleva a la Semana Santa para recordarnos la pasión y muerte de Jesús el Nazareno a manos de los gobernadores romanos, un hombre inocente, condenado a muerte, como tantos, tan solo por decir la verdad; la verdad con la que ellos decían que escandalizaba; algo que sigue ocurriendo; porque la verdad aún escandaliza.  ¿Qué tendrá la verdad que molesta tanto? ¡¿Qué tendrá?! que nadie quiere oírla, y nos condena, cuando contrariamente el mismo San Pablo dijo: “que nos haría libres!

La Semana Santa con sus magníficas procesiones  nos trae a la memoria todo aquel sufrimiento; el verdadero calvario y el martirio que le supuso a Jesús, el Mesías, predicar y enseñar su sencilla filosofía, basada en la verdad y la bondad. Un castigo plasmado con toda crudeza en las impresionantes imágenes que volveremos a apreciar estos días en las procesiones y que los magníficos escultores supieron crear con todo el realismo para mostrarnos la crueldad, del dolor, el sufrimiento y la muerte, que se magnifica y nos sobrecoge más, cuando la sabemos injusta.  Pero lo bueno es, que “lo malo” también pasa y hasta la muerte, es vencida por la vida con  LA RESURRECCION;  y con ella vuelve la alegría en el júbilo de la Pascua, haciéndonos olvidar las reflexiones y pesadumbres,  para volver otra vez a lo cotidiano, a la vida placentera, hasta el próximo ciclo que todo vuelva a renovarse.

En relación a  nuestras procesiones, que hay que felicitarse porque cada año van adquiriendo mayor realce, vuelvo a PEDIR, a ROGAR, ó a SOLICITAR a la Junta de Cofradías que intente conseguir un mejor orden y “mayor silencio” para trasmitir con ello el recogimiento que deben inspirar las procesiones; y esto sería posible “tan solo”, pidiendo a las bandas de tambores que no toquen tan fuerte, pues son muchas; tal vez demasiadas, y ese constante y potente repique, resulta agobiante y ensordecedor. Se oyen tres, o más, bandas a la vez  y cada una a compás diferente, esto provoca una algarabía tal, y de tantos decibelios, que obliga a que la gente tenga que hablar MUY ALTO para entenderse, con lo que el silencio brilla por su ausencia y el alboroto que se forma es mas propio de verbena que de una procesión. Por las calles estrechas, como sofraga, sillerías o Hernando Pizarro, el ruido de los tambores es ensordecedor y  resulta insoportable. No encuentro razón que justifique tener que tocar tan fuerte, máximo siendo tantos. Los tambores deben sonar suave, pues su misión es señalar el compás A LOS COSTALEROS DE SU PASO, que van justo detrás y no son sordos, únicamente eso, y como cada Paso lleva sus tambores, no hay necesidad ni razón alguna para dar esos “porrazos” (que no es tocar), y que deberían suavizar colocando una bayeta sobre la piel del tambor para amortiguar el sonido, que sería la manera de conseguir el silencio deseado. Así lo hacíamos en mi época en la que solo había una Banda de cornetas y éramos cuatro, ó seis tambores para toda la procesión, y puedo asegurar que se nos oía perfectamente. Hoy son excesivos. No los he contado, pero son demasiados y resultan ruidosos y estridentes. Por ello entiendo que se debería limitar su número además de obligar a que se toque más bajo. Sería MEJORAR, si consiguiéramos que estas procesiones fueran tan ordenadas e impresionantes como es la del silencio; la única, a mi juicio, que mantiene el orden, respeto y recogimiento obligados, junto al impresionante silencio.

                                                                                                                                                                             También deseo recordar a algunas “mantillas” de nueva era, que cuiden el decoro y no olviden que van  acompañando, aunque sea simbólicamente, la soledad de la Virgen en su dolor por la muerte del Hijo. Traje negro, luto absoluto, que invita según entiendo yo, al  recogimiento y al recato, y no al exhibicionismo. Hoy, todo lo convertimos en fiesta y sin darnos cuenta nos olvidamos del verdadero sentido y significado de las cosas, y confundimos o convertimos el respeto en negligentes ligerezas y frivolidades.

Y por último, desearía que este año, no falte en las procesiones, nuestra Banda  municipal de música, pues vengo observando con extrañeza que está siendo desplazada, relegada o sustituida en diferentes actos cívicos en los que tradicionalmente estuvo y de los que formó parte esencial, como son el caso de estas procesiones de Semana Santa, Corpus Cristi o la cívica del domingo en  las fiestas de la Victoria.

Ya el año pasado no estuvo presente en las procesiones de Semana Santa ni tampoco en la del Corpus Cristi, y algunos comentarios que surgían en la calle apuntaban que la razón pudiera ser esa; que  las bandas de cornetas y tambores que acompañan cada Paso, les habían desplazado al final, detrás del último y que esto les había molestado bastante como nos molesta a una gran mayoría que creemos que LA BANDA, precisamente aquí, es imprescindible; imprime solemnidad y su música siempre apropiada y sin estridencias, aporta serenidad y emoción, resultando un grato placer para la mente y el espíritu. Por lo tanto dejemos de menospreciarla no vaya a ser que estos desaires nos traigan consecuencias que, tal vez tengamos que lamentar después, quizás demasiado tarde.

En estos tiempos de ruidos y decibelios, que tanto les gustan a la gente joven debemos intercalar el sentido común, la sensatez y el buen gusto, y olvidarnos de las chabacanerías. Entendemos que entre las bandas de cornetas y tambores a la Banda Municipal no se la oiría, pero el último lugar tampoco es el sitio, mas bien parece un desprecio. Se me ocurre que una solución podría ser, que se dividieran el recorrido y que “unas” descansen,  cuando toquen “otras”, y  todos tan contentos.

Desde aquí apelo al sentido común de “todos” para que demos la importancia que merece a nuestra querida Banda Municipal de música y la devolvamos “su sitio” en todas nuestras procesiones, porque además de tenerle en propiedad mucho antes que ninguna otra, ni que decir tiene que estos actos, cobran una categoría y relevancia muy superior, dignas de una ciudad importante como la nuestra y no hemos de olvidar que por circunstancias, quizás  también  negligentes, hemos  estado mucho tiempo sin ella, sin Banda, y sabemos que costó trabajo recuperarla. Valoremos por tanto las cosas que tenemos y no menospreciemos “nada” de aquello que tanto, nos costó conseguir. Lo digo también por que sigamos cuidando nuestras procesiones que igualmente costaron sudores recuperar y que cada año, con el esfuerzo y la colaboración de “mucha gente”, se han mejorado grandemente y que entre “todos” debemos seguir aportando ideas para superarlas aún, cada año.


Javier Íñigo García

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