DESAHUCIOS Y OTRAS LINDEZAS

Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación.

La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos.”


Seguro que si preguntamos, más de uno sabrá que este es el artículo 47 de nuestra Constitución, si, esa que tanto trabajo, esfuerzo, e incluso renuncia, nos costó a todos los españoles. Esa que siempre aludimos cuando de algún problema fuerte se trata y esa que aunque parezca mentira es muy fácil reformar, no es necesario ni siquiera el consenso, basta el acuerdo entre los dos grandes y en 5 minutos de negociación ya está.

Este artículo debiera de haber sido el libro de cabecera de muchos de nuestros gobernantes, y la mayoría o bien se han olvidado de él, o bien han usado la vivienda no como un derecho sino más bien como un instrumento para lucrarse. Ese y no otro es el mejor argumento que explica lo que ha pasado en este país. Y ahora, a prisas y corriendo, nos proponemos alguna forma de atajar el problema, y bienvenida sea esa búsqueda de soluciones pero, como siempre, la clase política responde tarde.

Ahora resulta que hasta desde Europa nos dicen que nuestra legislación es excesivamente dura en lo que a la Ley Hipotecaria se refiere; que es inconcebible que no esté regulada la dación en pago y que las cláusulas de los intereses de demora son abusivas.

Lo peor de todo es que todavía hay gente que echa la culpa a los ciudadanos, y nos dicen que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Pues yo empiezo a estar un poco harto de la frasecita de marras, dudo mucho que los trabajadores reciban sueldos por encima de sus posibilidades, seguro que en eso los empresarios no se equivocan.



Lo que no parece de recibo es que cuando uno firma una hipoteca, firme una sentencia de muerte, vamos, que ni siquiera se contemple la posibilidad de que exista una situación de crisis económica que impida que el sujeto pueda pagar su deuda; que tenga que abonar más de un 25% de intereses si se demora en los pagos, o que, aún entregando tu vivienda, la deuda contraída no quede saldada y en algún caso hasta se quedan con la del avalista. ¡Vamos, impresentable!.

Y el principal problema no viene de ahora, viene, desde mi punto de vista, de muy lejos, del juego que han hecho los poderes públicos con el tema de las viviendas. En este país solamente se construía sobre terreno privado, a los ayuntamientos les venía mejor esa fórmula que la de liberar suelo público. Lo que se cobraba por el ICIO (Impuesto de Construcciones y Obras) ha sido el sustento de muchos ayuntamientos y si se ponía el terreno, la vivienda saldría más barata y seguramente se cobraba menos por los impuestos, o sea, que interesaba que fueran caras. De esta forma los poderes públicos también entraban al juego de la especulación.

Si hubiéramos contemplado la vivienda como un derecho, como lo que es, los ayuntamiento se hubieran afanado en ofrecer suelo a sus ciudadanos para que se construyeran sus viviendas; se podría haber garantizado el proyecto por los técnicos municipales y, porqué no, se hubiera hasta podido colaborar en la construcción. Esto nos habría hecho ahorrar mucho dinero y muchos desalientos. Pero claro esto solamente lo hacen aquellos que no creen firmemente en el sistema, y entonces les llaman locos, o visionarios, o simplemente ilusos.

Menos mal que algunos de estos locos gobiernan el algún municipio y son capaces de hacer auténticas locuras que mejoran la vida de sus ciudadanos. Menos mal que existen Sánchez Gordillos, Diegos Cañameros, y municipios como Marinaleda.

Espero que nunca más vuelva a ocurrir que alguien muera porque vaya a ser desahuciado, no merece la pena. Una vida es mucho más válida que mil hipotecas, por muy caras que estas sean. Si los gobernantes consideran que las hipotecas están por encima de la vida de sus ciudadanos, que con su pan se lo coman.


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