EL RÍO QUE NOS LLEVA


No es mi intención en esta reflexión comentar nada sobre la novela de Jose Luis Sampedro, que tituló “El río que nos lleva”, excelente novela de uno de los mejores escritores del siglo XX, gran economista y hombre sabio. Elegí este título por sugerente y porque de alguna manera muestra la situación en la que estamos, sin rumbo, como troncos de madera que navegan a la deriva por un río, sin punto de retorno, sin margen de maniobra y con una exagerada tristeza instalada en nuestras cabezas. Parece que la economía nos haya vencido, el déficit, la prima, la deuda soberana, el paro, los recortes, el IVA... etcétera, no son sino conceptos económicos a los que ya nos hemos acostumbrado.

Yo entiendo la política, y por eso creo que soy un mal político, como el arte de hacer cosas que permitan mejorar la vida de los ciudadanos y que no les hagan sufrir, que para sufrir ya tenemos cada uno lo propio. Y aunque a veces quien nos gobierna deba tomar decisiones difíciles, que nos hagan sufrir, para mejorar en un futuro, no creo que siempre deba de caer el sufrimiento sobre los mismos, debería ser práctica del buen gobernante repartir también el sufrimiento y que sobre todo recaiga sobre aquellos que más culpa tienen. Pero eso parece que no esta de moda.

Un buen gobernante sería aquel que diera ejemplo, y que empezara pidiendo primero sacrificios a los poderosos y finalmente si fuera necesario a los más débiles, a los de siempre. Pero claro, para hacer eso hay que mirar a los ojos a los que más tienen, y decirles: “ahora te toca a ti, es tu turno, tus privilegios van a verse mermados, y te va a tocar ayudar a los demás, ya tienes suficiente y vas a repartir”. 



Pero llegado ese momento al gobernante le tiembla el pulso y le provoca tristeza que ese que tiene tanto, que tantas fiestas produce, que tantos coches tiene, que especula con tanto dinero, que recibe un enorme sueldo por el simple hecho de apretar un botón cada 15 días, que necesita vender un cuadro para tener dinero efectivo, o que simplemente cría caballos de raza para diversión y/o esparcimiento, tiene excesivo dinero escondido a saber de qué prácticas o aquel que tal vez reciba ingentes cantidades de dinero en concepto de subvenciones, acabe enfadándose y no invitándole a las fiestas de rigor.

Por eso el gobernante no se atreve a poner un impuesto a las grandes fortunas, a una tributación elevada a las SICAV, o a cargarse el senado, auténtico retiro espiritual de políticos bien pagados, y prefiere, haciendo uso de su absoluto poder, firmar un decreto que suba el IVA, reduzca prestaciones a quienes tienen poco, elimine una paga extra a funcionarios, o limite las ayudas a la dependencia y provocar una amnistía fiscal para legalizar el dinero ilegal de sus amigotes. Total estos pobres, que son mayoría, no tienen capacidad de organizar fiestas, ni venden cuadros, ni reciben subvenciones.

Me rebelo cuando nos dicen “Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”, me pregunto quién se inventaría ese axioma, que hasta mi madre, una señora que vive con una pequeña pensión, y que sufrió el hambre de posguerra, se lo cree. Que pregunten a todos aquellos que no llegan a cobrar ni 800 euros, donde están sus posibilidades.

No me resigno a pensar que esto no tiene solución, habrá que inventarla, habrá que organizarse, habrá que demostrarles a quienes nos gobiernan que se equivocan, que cada día somos más y más los que pensamos que verdaderamente OTRO MUNDO ES POSIBLE, habrá que decirles que cumplan con sus promesas, que cuando son elegidos por el pueblo firman un contrato de obligado cumplimiento, y si no son capaces de cumplirlo, que se vayan. Esa es la rebelión en la que creo, y esa es la rebelión a la que llamo.

Salud y buenos alimentos.


Kin Paredes


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