PANCHO ORTUÑO, DE LA PINTURA DE VANGUARDIA A LA RESTAURACIÓN DEL PATRIMONIO
Francisco Prieto Ortuño (Granada 1950) es un hombre tranquilo, apacible y con mucho sentido del humor, aunque a primera vista parezca lo contrario. Ese puntito de socarronería vasca, bien aderezado con un sutil toque de alumno jesuita, hace que la conversa de Pancho, como familiarmente le llaman todo el mundo, sea siempre muy amena y, desde luego, interesante por cuanto los temas que aborda, aunque sean de bar, no son nada baladíes. Posee la habilidad del buen orador, estos es, disecciona con acierto los asuntos que debate y casi siempre se posiciona con habilidad en una postura tan difícil de rebatir, que termina por resultar muy complicado llevarle la contraria.
Pancho Ortuño tiene ese halo especial que sólo tienen los artistas. Es un hombre polifacético que maneja con soltura los nombres propios más consagrados de la pintura española de vanguardia, porque los conoce y porque se ha codeado con buena parte de ellos en las aulas o en las galerías.
En 1968, con 18 años de edad, comenzó los estudios de Bellas Artes en Madrid y, entre otros, tuvo a Antonio López como profesor.
En el primer curso, conoció a Charo Castrillo Mirat, quien, cinco años después, al terminar ambos la carrera de Bellas Artes, se convertiría en su esposa y ya casados ambos se fueron a Sevilla, en busca de su primera oportunidad.
Pocos meses después se volvieron a Madrid, pues habían conseguido una beca del Museo de Arte Abstracto de Cuenca para trabajar en su biblioteca de arte. Allí estuvieron un año, a caballo con Madrid, pues además habían montado un taller de grabado de aguafuertes por encargo.
Pancho ya vendía pintura por entonces, especialmente tras la primera oportunidad que le vino de la la Galeria EGAM, propiedad de Eduardo Gómez Acebo, donde comenzó a cotizarse.
Sin embargo, sería con Juana Mordó con la que comenzó a ganar prestigio como pintor y a colgar por primera vez, su obra personal. La prestigiosa galerista griega contrató a Pancho Ortuño en exclusiva, con un sueldo mensual, y entró a formar parte de sus galeristas.
Para hacerse una idea, en esta galería expusieron todos los miembros de El Paso, como Antonio Saura, Manolo Millares, con quienes Pancho ortuño mantuvo una relación personal muy directa, pero también colgaron cuadros Martín Chirino, Antonio Suárez, Pablo Serrano, Feito, Juana Francés, Rafael Canogar y Manolo Rivera.
Asimismo, la Galería de Juana Mordó atendió otras vertientes de la generación de los cincuenta y conoció a talentos como Zóbel, Torner, Mompó, Rueda, Gonzalo Chillida, Salvador Victoria, Farreras, Burguillos, Eduardo Arroyo, Darío Villalba, Juan Martínez, Enrique Gran o Joaquín Ramo. Del movimiento de arte catalán, mantuvo conexión con los artistas que cogaron en la galeria como Miró, Tapies, Hernández Pijuán, Guinovart, Bechtold o Salvador Bur.
Poco a poco, Pancho Ortuño fue siendo muy valorado en los ambientes más selectos de la pintura moderna y su firma comenzó a sonar junto a otras de prestigio, como los anteriormente citados.
Con la muerte de Juan Mordó en 1984, abandonó la galería y se fue la Universidad de Cuenca. Allí dió clases de Pintura y teoría de la Historia del Arte en la Facultad durante tres años, trabajo que simultaneó con la dirección de la Escuela Taller de Trujillo.

Foto Chuty

TRUJILLO ME CHIFLÓ”
En realidad, Pancho lleva viniendo a Trujillo desde finales de la década de los 60. “Charo tenía una casa en Trujillo y otra en el Pago de San Clemente, y su familia tenía la finca de Navaperalón, en la carretera de Monroy. Asi es que vinimos y la primera vez que ví Trujillo me quedé chiflao. No había ni siquiera carreteras de asfalto, pero cuando descubrí Trujillo me quedé hechizado”, comenta risueño.
Lo cierto es que los socialistas le hicieron una propuesta en el año 1986 para que creara en Trujillo un “Centro de Escultura Avanzada” que estaría ubicado en el conventual de San Francisco y en el que alumnos de ciclos superiores realizarían cursos de postgrados y clases magistrales impartidas durante los cursos de verano por escultores de prestigio, de la talla de Chillida. Los alumnos deberían realizar una obra, como trabajo de postgrado, que donarían posteriormente a la escuela y con las cuales, a la vuelta de pocos años, conformarían una importante colección de obras de arte.
Lamentablemente, a la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura no le interesó demasiado el proyecto y apostó por otras prioridades, con lo que el proyecto se fue al traste.
No obstante, a Pancho Ortuño le ofrecieron la dirección de la Escuela Taller, que asumió durante 8 años y” se acabó porque el proyecto dejó de tener interés para mí”, explica, de manera que decidió montar su propia empresa y dedicarse a la restauración y rehabilitación de patrimonio cultural. Así creó la empresa “Restaura”, con la que ha restaurado media España y con la que continúa, ahora la ralentí por la crisis, aunque tiene echado el ojo a un importante trabajo de restauración en Irak, a donde asegura que “no me importaría ir a trabajar”. De momento, ahora va a restaurar el Santuario de la Montaña, en Cáceres.
“Nunca he dejado de pintar, lo que pasa es que ahora sólo pinto para mí”, aclara Pancho Ortuño, al tiempo que relata que su última exposición personal fue en Chicago con Douglas Lyron. “Hace unos 20 años que no he vuelto a colgar nada. Después de Juana Mordó, hice alguna cosas con su colaboradora, Helga Alvear, expuse en Arco y tambien algunas cosas con Isabel Garrigues. En realidad, ahora estoy viviendo el periodo intimista...” afirma bromeando.
Desde luego, lo que sí tiene claro es que haga lo que haga, y vaya a donde vaya, su cuartel general siempre estará ubicado en Trujillo.

TRUJILLO PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD
Como experto, a Pancho Ortuño le interesa mucho el asunto de la declaración de Trujillo como patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al respecto, dice con rotundidad, que Trujillo llega algo tarde a candidatarse y que la ciudad nunca ha estado preparada para el nombramiento, de ahí la demora.
“Huele a azufre. Yo no entiendo una declaración tan dispersa y con tantos elementos. En realidad, pretende declarar un conjunto y está claro que Plasencia está menos preparada que Trujiillo para ser Patrimonio de la Humanidad y pretenden una cosa rara, una declaración de paisaje mediterráneo que se encuentra por extensión entre Trujillo y Plasencia. No está nada claro”, explica Pancho.
Uno de los principales escollos que, a juicio de este experto, deprecia a Trujillo para ser declarado Patrimonio de la Humanidad es la terciarización de la Villa, en su opinión, han perdido todo el uso, pues en ella viven unos 50 vecinos, y las casas se han convertido en “palacios finsemaneros”, con lo que se ha quedado vacío y “eso va contra las recomendaciones de la Unesco, que precisamente aconseja que estos cascos históricos estén habitados y que viva gente en ellos, porque sin vecinos se quedan terciarizados y si los usos están mal pensados y, por ejemplo, se destinan para uso público, es bastante probable que la adaptación termine pervirtiendo el edificio”, concluye diciendo.  
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