Voz Regional - 1920
El periódico Regionalista Independiente y de Acción Social











Núm 54






Las mujeres y las flores

Ninguno de los seres humanos ejerce en el planeta influencia tan soberana como la influencia que ejerce la mujer en nuestra sociedad, y ninguno de los seres vegetales, a su vez, goza en los vastos dominios de la naturaleza el prestigio que gozan a una las plantas y las flores. Ambas a dos, las mujeres y las flores, parecen nacidas y criadas por providenciales decretos para esmaltar y embellecer de consuno la magnificentísima obra de la creación. Quitadle al tranquilo hogar la mujer virtuosa y le habréis quitado la poesía, el sentimiento, la vida. Despojado el frondoso vergel de plantas y flores y vereisle convertido súbitamente en tenebroso solitario páramo.

Como nadie puede, ni por un minuto, detener la marcha triunfal de los astros en el cielo, nadie puede tampoco cortarle al pensamiento sus etéreas alas y constreñirle y obligarle a pensar sobre determinadas cosas. En uno de estos raudos vuelos, quizás por desvarío de la mente, más bien que por ardor de la fantasía, desalado corrió mi pobre pensamiento a regiones extrañas, tierras ignoradas, a países ocultos, a socieda completamente distintas de nuestras sociedades.

Aun me acuerdo. Era una tarde calurosa del mes de Junio. Trasponia el sol, marchando hacia su ocaso, los vecinos montes y las nubecillas del cielo se tenían de encendidos y brillantes colores. En medio del valle, un torrente, y por el torrente, esparcidas, frondosísimas matas de juncos, que lucían su verde oscuro, a-la par que lucían también, formando bello contraste, las matas del baladre, como en lengua provincial se dice a las adelfas, sus flores de grana. De vez en cuando, la sencilla canción pastoril, dulce y melodiosa, hendía los aires cargados de esencias, y agitaba y hacía estremecer de gozo las fibras del corazón. Desde el sonido monótono de los cascabeles del ganado, y los píos de las avecillas del cielo, y el balido de las ovejas, y el murmurar del río; el aura suave que mecía dulcemente las hojas en los árboles; el diáfano azul del cielo que se reflejaba en el cristal del arroyo; las aromas de los frutos que enardecían la sangre en las venas; desde el chirrido desapacible de las cigarras escondidas, hasta el gorjeo armoniosísimo de los ruiseñores enamorados; todo a porfia convidaba en aquel paraíso de vida exuberante, al recreo y solaz del espírito.

Pero el pensamiento, a guisa de inquieta espumosa ola o de ligera trasparente nube, corría desalado, como en competencia con la golondrina, que cruzaba en raudo vuelo, ante mis ojos los aires. Y en vez de confundirse y extasiarse contemplando las maravillas mil de la provida naturaleza, aferrábase fuertemente a pensar lo que sería el mundo sin las mujeres y sin las fiores. Cortos minutos duró esta meditación extraña, pero los bastantes en sí para aterrar mi ánimo y adolorar mi corazón.

Parecía vuelto el planeta al caos primero, y a las oscuras tinieblas de la nada, según lo triste y solitario. No resonaba en la rústica choza del pastor sencillo la voz argentina de su fiel compañera entonando, mientras muñía las vacas con ahínco, en cadenciosas notas, bucólico cantar: las ondas plateadas del mar azul, no recogían en sus repliegues los suspiros amorosísimos que el marinero enamorado dejaba salir de su pecho ardiente, al dar, en tierna despedida, el postrer adiós a la mujer predilecta de su alma; la humilde vivienda del pobre jornalero, sin su ángel de ventura, sin su mujer virtuosa asemejábase a frío sepulcro, donde por no haber nada sensible y poético, ni siquiera había una fior balsámica que fortaleciese con sus esencias el cuerpo rendido de trabajar y consolase con sus matices el alma anhelante de amores; parecían eriales las cámaras regias del opulento palacio, porque no sustentaban en sus recintos hermosísimas damas, ni hendían el aire suspiros voluptuosos, ni atravesaban la atmósfera miradas relampagueantes. Todo era tristeza, desolación y espanto en aquella especie de sociedad huérfana.

GINES ALBEROLA. (Se continuará.)






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