EL REPORTAJE DEL MES

José María Pérez de Herrasti: “Estoy gastando el dinero de mi patrimonio personal en Trujillo sin esperar nada a cambio, sólo por satisfacción”

En Trujillo, mucha gente le conoce como el Marqués de la Conquista, pero no lo es. José María Pérez de Herrasti y Narváez era el sexto de ocho hermanos y ahora es tercero de los que viven. La transmisión de los títulos de la nobleza en España se rige por rancias leyes y tratados, entre ellos el Tratado de Toro y las Leyes de Partidas de Alfonso X el Sabio, de modo que se heredan de padre al hijo primogénito varón. Así, desde que hace más de cinco siglos Carlos V concediera el titulo de Marqués (sin denominación) a Francisco Pizarro, tras diversos avatares y al morir éste, quedó extinguida esta línea, con lo que el título del marquesado pasó a sus descendientes y finalmente a hermano Hernando Pizarro.
Hernando se vio envuelto en diversas confrontaciones políticas y cortesanas que acabaron con su confinamiento en la cárcel del Castillo de la Mota de Medina del Campo, gozando en un principio de una relativa condescendencia de Felipe II, gracias al opuloso “quinto real” -impuesto que pagaban los conquistadores a la corona procedente de las tierras conquistadas-, de modo que su majestad compensó a Hernando con algunos privilegios carcelarios.
Allí se desposó secretamente con Isabel Mercado, con quien tuvo varios hijos, y posteriormente con la princesa inca Francisca Pizarro Yupanki, su sobrina, y con quien también tuvo descendencia.
Pérez de Herrasti explica que sus ascendientes proceden de la primera mujer y no de la otra rama genealógica (conocida familiarmente como la rama mestiza). Así durante quinientos años, los apellidos Pizarro y Orellana se han ido mezclando con otros de la nobleza española y de la realeza europea, hasta el punto que por las venas de Pérez de Herrasti corre sangre de los Reyes Católicos, Carlos V, Felipe II y el emperador Maximiliano de Austria. Por parte de su madre, sus ramas genealógicas emparentan en el Duque de Valencia y el Marqués de Espeja y otros ducados y marquesados. Asegura que el peso histórico que descansa en su familia, genera cierta responsabilidad y que él concede mucha importancia al hecho diferencial de su alta cuna.



Lejos de lo que pudiera parecer, José María es un hombre solitario, observador, inopinadamente tímido a la par que tremendamente educado y locuaz cuando se le trata amigablemente. Se confiesa un gran esteta y tremendamente perfeccionista, hasta el punto de “pedir insistentemente a  los constructores que cuiden y rematen los detalles y no dejan ninguno sin rematar”, comenta.
Cuando se le pregunta por los orígenes de su familia, rápidamente el interlocutor se percata de que Pérez de Herrasti domina al detalle la historia, y no solo la de su familia, sino la de España, especialmente la del período de la Conquista y su repercusión en los siglos posteriores, e incluso la contemporánea de Europa. Disecciona los acontecimientos históricos con una extremada sencillez y los analiza objetivamente con la interpretación que sólo un experto puede imprimir a determinados detalles. En realidad, le hubiera gustado estudiar Historia o Filosofía, pero hace sesenta años éstas eran materias que sólo estudiaban las mujeres. Terminó varado en la carrera de Derecho “y tras varios años, tuve que dejarlo porque no me interesaba en absoluto; no es posible para mi estudiar algo de memoria”, espeta.
La pregunta más recurrente que se le puede hacer a Pérez de Herrasti es sobre el Palacio de la Conquista, esa joya arquitectónica que preside el ángulo occidental de la plaza mayor de Trujillo y cuya historia acapara buena parte de la historia de la Conquista de América y de la ciudad. Aclara que “antes tenia más pasión por este edificio, del que soy propietario junto con el resto de mis hermanos, pero con el paso de los años he hecho todo lo que había que hacer para consolidar el edificio y mantenerlo fiel a su construcción original”.
Cuenta que el edificio ha tenido muchas propuestas de uso: centro de interpretación de la conquista, pasando por archivo que contuviera toda la documentación relativa a la Conquista microfilmada, incluido el Archivo de Indias y varios museos. Por los años sesenta, el Ministerio de Cultura quiso que le fuera donado para instalar en el un museo y también los Vanderbilt Withney , a través de Aline Griffith, entonces Condesa de Quintanilla. “Mi padre siempre quiso que se cediera el uso, pero no se donara la propiedad. Mi padre y ahora mis hermanos valoramos lo que el edificio representa, y siempre hemos querido que tuviera un uso acorde con su importancia histórica y artística”, explica Pérez de Herrasti, al tiempo que detalla la gran obra que realizó el arquitecto y reconocido restaurador Rodríguez Valcárcel. “Sin embargo, la auténtica versión arquitectónica del palacio la descubrí con el arquitecto cacereño Manuel Viola Nevado. En realidad, el edificio tenía tres galerías porticadas que daban a la calle Carnicerías y en la remodelación del siglo XVIII quedaron cubiertas. Siempre he pretendido recuperar ese formato original del palacio, pero ni siquiera lo he intentado porque sé que Patrimonio no nos dejaría tocar absolutamente nada”.
El futuro del edificio no está nada claro para Pérez de Herraste, aunque concibe que debe tener un uso determinado y estar abierto al público. Explica que “en la etapa socialista se habló de la expropiación de este palacio. En verdad, otros edificios palaciegos propiedad de mi familia en Padúl y Salamanca han pretendido quedárselos mediante expediente de expropiación pero la ley ampara la propiedad y no han prosperado ninguno de los cuatro intentos de expropiación. El palacio es una unidad indivisa propiedad de los hermanos y a medida que pasa el tiempo, es mas difícil tomar una decisión sobre su futuro, porque cada vez irán siendo nuevos los propietarios y se incrementará su número, y paralelamente poner a todos de acuerdo será más difícil. Asimismo, ya advierto que el uso del edificio ha de estar acorde con sus características y desde luego, como museo no sería su destino óptimo; creo que sería más oportuno, a juicio de los expertos, como edificio habitable, ya sea hotel u otra cosa”.
Cuenta que el último señor que habitó el palacio fue su tatarabuelo Jacinto de Orellana-Pizarro y Díaz, Marqués de la Conquista, Vizconde de Amaya, Marqués de Albayda, Grande de España y Senador vitalicio.
Sin lugar a dudas, José María Pérez de Herrasti es un hombre sencillo y tremendamente austero “como sus padres”, añade y recuerda que en su casa siempre ha habido numeroso servicio: doncellas, chóferes, cocineros, jardineros, entre otros, e incluso hasta capellán, “un dominico que era el P. Álvaro Huerga O.P., catedrático de Espiritualidad en el Angélico de Roma y que aún vive”. Confiesa en la intimidad que a veces echa de menos a alguien que le ayude a abrir las puertas de la cochera o las cancelas de la finca, porque ya tiene 77 años y le cuesta algo de trabajo. Se pregunta por qué habrá renunciado a algo que se podría permitir económicamente. Inmediatamente reacciona y justifica el vivir en un palacio como el de la finca “Magasquilla” como algo natural y exclusivo. Dice una frase lapidaria: “amplitud es lujo; ¡pues eso!”, y se queda tan tranquilo.


LAS SUBASTAS DE OBJETOS ANTIGUOS
No se debe confundir austeridad con miseria o ser huraño, pues José María es tremendamente espléndido en cuanto a “recuperar el esplendor de España”, referido al patrimonio histórico y cultural.
Nunca he entendido de moda ni de marcas; siempre me he vestido en «Denis» (una tienda tradicional de ropa de caballero de Madrid) y ahora en el Corte Inglés, pero nada de marcas, ropa de lo más normalita. Ahora bien, lo que sí me gusta tremendamente son las subastas. Creo que soy ´subastópata´ porque tengo adicción a las subastas. Como me dijo una amiga, debo estar mal de la cabeza”, comenta sonriente y con mucho humor.
Es anecdótico que Pérez de Herrasti compró en una subasta el mueble antiguo más caro de la historia de las subastas españolas, un mueble que perteneció a Felipe el Hermoso, con el fin de devolverle a su ubicación original, aunque finalmente lo ha regalado a la Real Maestranza de Caballería de Granada.
Con esta afición, ha sido el mecenas de obras y mejoras que se han acometido en la iglesia de Santa María la Mayor de Trujillo, y está a la espera de comenzar el vaciado de la Torre Julia, para dejar al descubierto la estructura y base original de la misma; la instalación de nuevas puertas para el acceso a la sacristía y el coro; posee un proyecto para la instalación de un órgano en esta iglesia. Asimismo ha donado un Viacrucis completo del siglo XIX, además de numerosos objetos ornamentales, y un órgano moderno de calidad.
Una de las más comentadas ha sido la cesión de la imagen en piedra de la Virgen de la Victoria, que fue la original ubicada en el castillo, y que fue llevada a su finca “Magasquilla”, con el fin de protegerla del expolio de los invasores franceses; como dice la tradición popular “relegada en oscuro lugar” a raíz de la invasión francesa. Está expuesta en una capilla lateral de Santa María, pero en calidad de depósito, hasta ver si se decide devolverla a su sitio primigenio, es decir, al castillo.
De todos modos, aunque su pasión es la de mantener, reconstruir y devolver a su estado original a los edificios singulares, reconoce que ha sufrido mucho. “Me he llevado muchos sinsabores y algunos disgustos, porque a veces no entiendan lo que estoy haciendo, y  menosprecien mi labor. A pesar de todo, no me desanimo porque persigo la recuperación de las cosas y su puesta en valor para gozo de todos, aunque a veces pierda la ilusión”, apunta.
Algo parecido es lo que siente Pérez de Herrasti por el templo de San Martín donde está llevando a cabo importantes obras de restauración. Entre ellas, la recuperación de los pabellones, galerías y estancias que comunicaban desde el coro hasta el altar mayor; la capilla del cristo, la puesta en valor de un pozo en una de las capillas, “que indica que la iglesia está construida sobre el anterior templo románico y también han aparecido unas escaleras que comunicaban originariamente la sacristía con la estancia inferior y que son toda una preciosidad; estoy emocionado con esta obra que he descubierto gracias a la observación”. Queda claro que el montante de estas obras las costea de su propio bolsillo en su totalidad y que para ello cuenta con técnicos, arquitectos y constructores expertos que dominan perfectamente su trabajo.
A Pérez de Herrasti no le inquieta el futuro de la iglesia de San Lorenzo, más conocida como la Iglesia de Jesús, que formaba parte del Hospital de la Caridad para indigentes que había en el entorno del parque Ruiz de Mendoza y que durante años ha estado dedicada a carbonería. En un principio, la adquirió con el fin de recuperar patrimonio para Trujillo y con el fin de que nadie pudiera destrozarla convirtiéndola en vivienda. Uno de los usos que barajó era ponerla en manos de la Junta de Cofradías para que en ella hicieran el pretendido Museo de la Semana Santa trujillana. Eso no fue posible porque las cofradías no tienen entidad jurídica y “por tanto no se puede hacer una donación a algo que no existe, A veces, es difícil hacer las cosas, incluso las donaciones y aportaciones, por el papeleo y los trámites que lleva consigo”, añade algo molesto.
Y apurando un café, José María Pérez de Herrasti continúa hablando de cuantas cuestiones de la historia de su familia van saliendo a la conversación, con una locuacidad pasmosa y, sobretodo, con una memoria bien afinada, aunque él asevera que ya no retiene bien algunos datos, Sí recuerda, por ejemplo, los favores de su padre a la Corona, especialmente la reconciliación de don Juan de Borbón con los Carlistas, lo que llevo a su padre a ser nombrado miembro del Consejo privado del rey; o las simpatías que dispensa a la familia de los Habsburgo, “una de las casas reales más importantes de Europa que gobernó a lo largo de la historia en varios países: las Españas, el Imperio Austro-húngaro e incluso México, en tiempos de Napoleón III de Francia. Son sobrios y austeros en contraposición a los Borbones y otras dinastías europeas”, continua explicando entre varias docenas de anécdotas más.
La amenidad  de Pérez Herrasti no decayó durante las varias horas que duró la conversación, ni siquiera, cuando se le pregunta por una cuestión delicada: sus herederos, el destino de su patrimonio y de su dinero.  Por el contrario, los ojos de Pérez de Herrasti se entornaron y un pellizco de brillo asomó a ellos cuando respondió con cierta solemnidad: “no tengo hijos, por lo tanto es más fácil decidir qué hacer con mi patrimonio. Lo tengo bien claro, pero es algo que no voy a decir ahora. Que conste que tengo muy claro lo que haré, y solo algunos miembros de mi familia conocen mis deseos, pero bueno... “, termina diciendo con una sonrisa  y sin dar a la cuestión ninguna importancia. Cambió hábilmente la conversación y añadió entre risas: “Ah y que sepas que no pienso ir a recoger ningún titulo ni distinción; me muero de la vergüenza. Paso muy mal rato”.

Ángel Guerra

@La Opinión





BREVE BIOGRÁFIA

José María Pérez de Herrasti y Narváez de Orellana PIzarro y de Ulloa, nació en Madrid el año 1933, hijo de don Antonio Pérez de Herrasti y Orellana, , Marqués de Albayda y Marqués de la Conquista, Conde de Antillón y Conde de Padúl, y doña Matilde Narváez de Ulloa, hija del Marqués de Oquendo.

A los 10 años de edad, con un año de retraso con respecto a sus hermanos debido a su delicada salud, ingresó en el internado del colegio que los Jesuitas poseen en Villafranca de los Barros, y finalizó los estudios de Bachillerato en el Real Colegio Alfonso XII de El Escorial, con los Agustinos.

Seguidamente su padre, le matriculó en la carrera de Derecho en la Universidad de Salamanca, a pesar de que el mundo de las leyes no era de su agrado, y los continuó en la Universidad de Deusto, teniendo como vecinos de pasillo en la residencia a futuros ilustres como Emilio Botín o Antonio Garrigues Walker.

Era un buen estudiante, pero la falta de interés hizo que tan sólo sacara notas brillantes en las asignaturas que eran de su agrado, tales como Derecho Canónico o Derecho Político, y tuvo a profesores ilustres como el Padre Olazábal y el Padre Pereda. No llegó a terminar la carrera, a pesar de la desaprobación de su padre, quien intentó que siguiera estudiando en la Universidad María Cristina en El Escorial. Para acabar con esta situación, José María decidió no prorrogar más el obligatorio servicio militar, con lo que fue llamado a filas y junto con su hermano Ignacio, sirvió como soldado raso en el arma de Caballería en el cuartel de Cuatro Caminos de Madrid.

Poco después de acabar la mili, pidió a su padre que le pusiera al frente de las tierras y propiedades que la familia posee en Extremadura. Se vino en el año 1959, con 26 años de edad, contratado por su padre como administrador de dichas propiedades y se instaló en “Magasquilla de los Alamos”, en el palacio que la finca dispone y viviendo del sueldo que su trabajo le deparaba. Permaneció durante 11 años atendiendo también las fincas de las «Serrezuelas del Marqués», «Serrezuelas de Canilleros» y «Los Miralrío», también de la familia. Tan sólo venía a Trujillo a escuchar la misa de los domingos en San Francisco y a disfrutar de la Villa.

Durante ese tiempo no dejó de asesorar a su padre sobre el futuro del Palacio de la Conquista, propiedad que posee en la plaza mayor de Trujillo, pues ya por entonces hubo varias propuestas de uso para dicho edificio. Entre otras, una del Ministerio de Cultura y otra de los Vanderbill Whitney; ambas pretendían la cesión total de la propiedad, cuestión por la que no llegaron a prosperar ninguna de ellas.

Regresó a Madrid y permaneció allí más una década, secundando a su padre en las gestiones del patrimonio familiar, y después regresó a definitivamente a Trujillo hasta la actualidad, donde pasa temporadas ocupado en la administración de sus propiedades y en el mecenazgo de obras de restauración en el propio Palacio de la Conquista y la casa de Diego Altamirano (anejo al mismo), así como en las iglesias de Santa María o San Martín; las intervenciones de restauración, armonización y afinado de los órganos de las iglesias de la Encarnación y San Francisco y San Martín; las donaciones a la parroquia de Santa María de cuadros, imágenes y otros objetos; el apoyo que durante las últimas décadas ha prestado a las sucesivas ediciones de los Coloquios Históricos de Extremadura, entre otras cosas.

Se declara amante de la historia, el arte y de la “lectura de paramentos”, o lo que es lo mismo, la interpretación constructiva de un edificio tras la observación de los elementos del mismo. Es un apasionado de las subastas de muebles, arte y otros objetos antiguos, no como coleccionista sino con el único afán de abastecer de antigüedades las iglesias de Trujillo. Asegura que le gusta la música la música en general, y la clásica especialmente, y que le hubiera gustado estudiar esta materia para ser un experto. Ideológicamente, se considera «Carlista», siguiendo la tradición de buena parte de su familia.

Recientemente ha sido nombrado Caballero Gran Cruz de San Gregorio Magno, la más alta condecoración canónica que concede la iglesia a un civil y está en trámite su declaración como Hijo Adoptivo de Trujillo por parte del consistorio de la ciudad.

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